Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
¡Cuántas obras y artistas no hemos apeado de nuestra memoria e imaginario! Muchos, quizás demasiados, ¿o es que son excesivos para que naveguen por el recuerdo?
Esta pequeña obra maestra fue pintada por Mariano Fortuny unos días antes de morir. Un desnudo que prueba su exquisita sensibilidad y maestría en la materialización de una carnalidad que reposada en ese mar de jade se convierte en un territorio en el que la voluptuosidad y la sensualidad entonan un canto a la belleza y la vida.
Y este desnudo de la «mantilla y el clavel» de Zuloaga resplandece por sí solo aunque nos evoque semblanzas goyescas o las densidades de Romeros de Torres. La pose chulesca pone de manifiesto un cuerpo de belleza gitana que está a la espera de demostrar que la praxis no tiene otra filosofía que la de la entrega plena. Y que al espectador no le queda otra opción que contemplarla sin poder hacerla suya aunque en cierto modo siempre le quedará un instante para invocarla.
Dos maléficas apsaras recorren insaciables el malecón, con sus movimientos incitadores atraen a íncubos y súcubos del fondo de la negrura y cuando ya los han congregado, excitan sus instintos para instigarlos a que conduzcan a las tinieblas a los resistentes que se lamentan ante el muro de su impotencia y fragilidad. Yo escapo porque prefiero las penumbras con desdichas antes que los abismos bienaventurados.