Este artista alemán que en sus inicios cultivó la figuración, después, recogiendo lo que esta misma tiene de fusión y tensión de formas que se piensan a sí mismas, dio el paso a la abstracción y lo hizo con un temperamento explosivo que exhibió un seísmo cromático cual si estuviese en un constante y determinado trance emocional.
Sus poderosas manchas y estratos, tegumentos airados pero devotos, son la exudación de las irradiaciones y emanaciones de unos cuerpos que han quedado imposibilitados para reflejar su propia densidad plástica. El artista ya había presentido tal fenómeno de descomposición y se había adelantado a él dejándolo al desnudo, procurando que cohabite a través de su propio dramatismo.
Por eso, esta obra abstracta, que tiene un pasado inevitable del que ha bebido necesariamente, construye su singular sintonía mediante la defensa de lo exhalado y su confrontación agresiva con lo exterior que se le quiere imponer, para lo cual trastoca el orden impulsando su lenguaje hasta la percepción de la locura.
Pintura viva por las percepciones a que da lugar, está en un movimiento continuado, irreflexivo, instintivo, que no abandona ningún hallazgo después de aromatizarlo y canonizarlo.
Esta noche le dije al Malecón – a partir de ahora comienzo a entronizarlo con la mayúscula inicial- que «para que el hombre pueda interrogar, es preciso que pueda ser en su propia nada (Sartre)». No, me corrigió, te equivocas, ha de ser en su propia sangre.
