Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Para el artista suizo Ugo Rondinone, el blanco no es la luz sino la autoconciencia de una naturaleza que amenazada se integra en nuestro tejido.
De ahí que en estas instalaciones, él, con su febril imaginación, dota de nuevos contenidos a la obra de arte, la cual, investida de una mística romántica, afirma la unidad de la idea y del cosmos, de lo real y de lo ideal. Y si hay un símbolo de libertad eterna, duda sempiterna, sólo tendrá lugar si la renovación de la naturaleza, a la que el hombre está ligado desde rutas y caminos oscuros que van hacia dentro, se hace constante.
Por tanto,no es la forma cerrada la que caracteriza la obra de arte sino lo abierto y ambiguo, lo cual en Ugo se traduce en la posibilidad de que esos ámbitos desplieguen todo su potencial alegórico y certifiquen su condición de arquitectura y paisaje entre lo finito y lo infinito.
Durante la noche mi amigo Humberto y yo nos quedamos absortos mirando a un albéitar titulado que subía del infierno de sangrar aunque no era año bisiesto. Utilizaba cuchilla albaceteña y también era experto en capar moradores maleconeros con glándulas imprevisibles y licenciosas a fuer de discrepantes.