Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
El orden o el sistema también pueden y hasta deben ser objeto de desintegración en la obra de arte porque son innumerables y diversas las formas, las materias y elementos que quieren aparecer caóticamente en su superficie para alcanzar la luz.
Y en tal sentido y términos, Javier de Benito, joven artista de Fuente El Saz/Madrid que presentaba su trabajo en la FAIM (Feria Independiente de Madrid), transforma sus planchas en una aleatoria conformación plástica de indicios, fragmentos de memorias, vestigios, sedimentos, círculos, huellas, signos, placas, pigmentos, restos, estelas y surcos, evidencia de que la geografía y geología del hombre abarcan todos esos ingredientes que quieren mostrarse en toda su intensidad y crudeza, con el fin de que nadie, una vez ya a la vista, pueda negarlos.
Por eso, este escultor cumple con ese propósito y ha sabido obtener su condescendencia en cuanto al desvelar el misterio de su existencia sin dejar más pistas. La presencia de estos grandes moldes, de recia consistencia física, es como un espejo en el cual no hay subterfugios ni disfraces, es nuestra propia carne hecha materia, principio y fin.
Mi amigo Humberto lleva días echado en el suelo y en silencio. Espera que le salgan aletas y cola para poder cruzar el océano. El Malecón está alerta por si acaso lo consigue y yo le doy ánimos invocando a una sirena hermafrodita.
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