Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
En estos ásperos paisajes castellanos del artista español Díaz-Caneja, con quien había contraído una deuda de evocación, se contemplan los ecos de la liturgia, del rezo y la oración.
Sobriedad, rigurosidad, síntesis de unos segmentos monocromáticos que no necesitan de presencias ni de ausencias para otorgar plena validez a unos valores plásticos que filtran arados, procesiones y capillas.
Es el canto a una tierra rugosa, fosilizada, atrapada sin moverse en un tiempo que pasa agrietándola más, carcomiéndola, fundiéndose con ella para nutrirse de su propia aridez y desventura.
El artista, expresándola y condensándola, quiere dotarla de la libertad que debería serle concedida, lo que no ha podido ser así, se ha quedado en la visión de una grandeza ascética, orante y solitaria. La vieja Castilla que aún perdura entre rosario y rosario, entre novena y novena, entre misa, confesión y arrepentimiento.
Mi amigo Humberto me lanza señales desde nuestra esquina del Malecón para advertirme que hoy es la jornada conmemorativa de traidores. Yo sigo andando y pongo cara de inocente repitiendo los preceptos catecúmenos de la montaña. Confío en no confundirme porque eso sería mi perdición.
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