Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
¿Estos muñecos, mitad monigotes mitad monstruos, son su propia referencia o la angustia deformada de no serlo? ¿O el descrédito de una realidad que nos parece ajena y ante la cual nos dan ganas de salir corriendo? ¿O simplemente estamos ante los claroscuros de una epidermis que compartimos?
Quizá lleguemos a concebir nuestra estupefacción porque la fealdad y el horror se describan como una deriva de nuestra falta de humor o de la condición de no saber faltar a la belleza. No cabe duda de que en la visión plástica del artista alemán Butzer cabe y sobra todo según las premisas plásticas de las que partamos, que no se situarán muy lejos de los confusos barboteos infantiles ante las presencias oscuras que nos aterrorizaban y de la recuperación de señales sombrías que evocan el mito.
Masas cromáticas impetuosas para exhibir desgarrones, trazos gruesos para la exposición impúdica de lo que sobrevive invicto en la memoria, en el gesto y en la mirada. ¡Dichosos espejos, nunca saben callarse a tiempo!
Hoy nos obligaron a ir ataviados. Desfilaba El Malecón investido de justicia con las faldas levantadas, botas de PVC, un tanga, un liguero y un billete de un peso. Detrás iba un toro vivo, un contorsionista orinando y unos jeremías en calzoncillos portando un féretro. ¿De dónde lo habría copiado, me dice mi amigo Humberto? De Banksy y Matthew Barney, le contesto. Ni siquiera puede ser misterioso, añado, se le adivina todo.