Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Establecer nuevos parámetros estéticos es harto difícil, no se sabe por donde empezar ni diferenciar tanta evolución en los lenguajes y sus significados, además de los derroteros que auguran otros contextos e innovadores medios a la altura de los tiempos.
No quiere decir tampoco que estemos cansados de ver y de mirar, pero sí que la contemplación exige referencias inéditas, asombrosas, fascinantes que enlacen con nuestra historia y civilización y el discurrir biográfico. En síntesis, que si nos llegamos a perder que nos encuentren, y si nos llegamos a cansar que vuelvan a cautivarnos.
Estas obras de estos artistas británicos nos sitúan ante los descubrimientos de ciertos objetos u organismos vivos de la naturaleza que se disecan, se diseccionan, se clavan, se momifican, o se despedazan, al fin de que sus sombras se reconozcan en ellos y también en nosotros, cuando están detenidos y los observamos con la duda entre las cejas y la sensibilidad bajo las manos.
Siembran despertares e incertidumbres pero tal como está transformada esa materia resucita fronteras escatológicas no cruzadas por temor a lo que hay más allá de ellas.
Mi amigo Humberto y yo saludamos a Abigor en El Malecón, demonio de categoría superior, de bello porte, con lanza de estandarte o cetro, que cabalga sobre un monstruo alado y manda sobre sesenta legiones demoníacas. Os espero en la campañade la medusa, nos dice. Cuando nos alejamos, pusimos caras de siempre estar con lo mismo.