Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
El crítico Lawrence Alloway empleó por primera vez el término «abstracción lírica» para descubrir la obra del artista canadiense GUSTON. Acertado o no, lo que sí es cierto es que en la superficie aparece un tumulto cromático en el que abundan pasiones encontradas, sentimientos rotos, emociones desvalidas. Porque es irrefutable, y esto con carácter universal, que cada obra es una confesión personal, y lo es sin duda alguna.
Las pinceladas se entretejen, se cruzan, hasta se atacan, están embebidas de su naturaleza incontrolable, difusa y confusa, y de su situación en el espacio como unas emanaciones polícromamente vestidas de un desbordamiento de iras, angustias, desamores y pérdidas.
Es cierto que la actividad se detecta en el lienzo al contemplarlo desde la distancia, percibiéndose un continuo movimiento que no descansa ni se relaja, pues la inquietud le devora, le consume y pone en duda su continuidad porque no es indiferente a la huella que va dejando.
Al final, la obra se sostiene en sí misma, ya que consigue la anulación de los genes perturbadores y permite un adiós que ha de renovarse desde el principio a la vista de que el desenlace nunca va a estar escrito.