Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Basándome en itinerarios que dejan rastros indelebles, me topo con los que va dejando el artista cubano DIAGO: materiales crudos, tablas, cartones, palos quemados, planchas de metal oxidado o de madera componen las manifestaciones del imaginario de la negritud en la sociedad cubana.
Son sus formas y modos, sus lenguajes e historias, sus marginaciones, soledades y sufrimientos.
Aunque estas tendencias no sólo sirven como recuperación de una identidad, sino también como acusación plástica de un olvido enterrado. Y como memorial de agravios, entonces, se planta ante nuestra mirada y establece verdades que hasta ahora se habían considerado mentiras.
Pero no hay acicalamiento ni maquillaje para proclamarlas, son así de descarnadas e implacables, con el fin de que ni los engaños ni las atribuciones falsas sean el medio de escape al que agarrarnos.
Malecón, el tiempo se nos va y no hemos vivido. Ni tampoco tú lo haces, asfixiado por tu soberbia y deterioro. Ya es hora de que te vayas, dice el antillano pródigo, la mestiza varada, el cayo hambriento. Ni ron nos ha quedado.