Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Ayer mi mirada rejuveneció, no tengo otra forma de explicarlo. No hay espacio para cúpulas de «colorines», como me decía Daniel Claver Herrera, sólo hay lugar para una firma de sangre.
Hay que detenerse ante cada obra, tomárselo con calma, acercarse en cada instante, luego alejarse, colocarse en el centro, en la derecha y en la izquierda. Quizá nada más. Para mí ha sido suficiente, indescriptible e inenarrable.
Esta Muestra del mallorquín BARCELÓ en CaixaForum de Madrid, recientemente inaugurada, es un volcán de fuerza vital a chorros, que alcanza la consideración de una leyenda telúrica. Ni siquiera cuenta la eternidad, únicamente gravita la energía salvaje e instintiva.
Si se la pierden, si no se vacían con ella, envejecerán más deprisa y ya no tendrán motivos para valorar y sentir el fondo común atávico e inherente.
¿Dónde leí alguna vez y en qué momento lo de una esencia de una belleza infinita y una fealdad sin límites?
Mi amigo Humberto, en abierto desafío al Malecón, quiere que el mar caribeño se empantane en la tela. Él por un lado y Mercedes por el otro lo acunan y lo van disecando. Cuando llegue la noche oirán sus quejidos por no poder escapar. Y al final morirá. El ron presidirá su duelo.
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