Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Volvemos a la pintura de identidades que reencuentra su signo en el pasado pero a través de su recreación y celebración. Y éstas son jubilosas al mismo tiempo que misteriosas, pues abordan la raíz de la imagen con la magia de su reencarnación.
Hay luz y tinieblas, claridad y oscuridad, un binomio (¿inferior y superior, tenebroso y luminoso? ¿cómo se supera ese dualismo?) que explicita el relato visual hasta introducirnos en su nexo más recóndito.
Y su iconografía resucita lo atávico desde una plataforma figurativa y representativa actual, como ratificando que el mestizaje es lo que da esencia al arte, a su propuesta de presente y de futuro.
Si hemos de soñar con lo emblemático y trascendente de nuestra identidad, tener la visión de esta obra de la cubana AYÓN nos reconforta en nuestra sensibilidad y experiencia.
Los terrores del Malecón, hoy, nos infectan. Mi amigo Humberto y yo nos vemos atacados por toda suerte de peligros y demonios, de enemigos y enfermedades. Dejamos suspendida de lo alto del muro, como una ofrenda, una botella (uno de los símbolos de la salvación) de ron. Y después escapamos por las laderas de la penumbra sin mirar atrás para no correr el riego de inmortalizarnos como estatuas de sal.
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