Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Un cerebro en permanente ebullición no se contiene y se derrama dentro y fuera del soporte, hasta el espacio es incapaz de reprimir y englobar esta explosión metabólica, que alcanza grados incandescentes y multicolores que ambicionan la creación de un nuevo medio que sea tanto su cauce de expresión como el de una visión vestal y jubilosa. Y todo ello para nosotros, sus incautos espectadores.
En la obra de este artista británico, RITCHIE, queda notoria constancia de que la pintura, si la han dado por muerta porque han contemplado supuestamente sus cenizas, está viva y así continuará a la vista de como se manifiesta, ganando, incluso, más volumen, extensión, capacidad y dimensión.
Bajo una sociedad global que incuba todos los días estertores de agonía, esta turba se insurrecciona en un movimiento que no cesa de fluir sin necesidad de desgarrarse, pues lo hace desde el convencimiento de que la mirada absorberá la confluencia de territorios y campos visuales que todavía nos son desconocidos. Al tiempo de cultivo le toca convertirse en perenne, a acompañar estrategias íntimas, explorar sus magnitudes, acercarlas a ámbitos y léxicos donde poder dialogar y observar nuevos fenómenos y singladuras.
El estructurar entornos es un mecanismo mágico que nos incita a ser vislumbradores más abiertos y no cejar en la exigencia de una mayor y más permanente percepción y quimera. Tal si fuésemos un espíritu que empolla la materia o la materia que encloca un espíritu.