Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Al amanecer nos asomamos a un cementerio ruin que evoca y fija nuestro rostro en una mueca de escepticismo. De estos rasgos la memoria conserva la lectura de unos jeroglíficos cromáticos crueles, despiadados, sin negar lo que asoma en ellos.
Por ello, la alemana residente en el país vasco, STAMMEL, no rehuye el transcribir claves de las arrugas, cortes, llagas, rozaduras, erosiones que conforman una biografía que nace contra el tiempo aunque su resistencia sea inútil.
Las facciones, al contemplarlas, no revelan identidad alguna, al contrario, inoculan una a una el misterio de una existencia que se infiltra en la mirada del espectador hasta agotar el apremio de una indagación que es un constante ida y vuelta.
De todas formas, el impacto no nos impide reflexionar en la imperiosa y enérgica fuerza del simulacro, a modo de una técnica y una plástica que no se han dado por vencidas cuando de relatar el centro de superviviencia se trata. Es decir, una manera de entender el arte como interlocutor propio, como legado histórico que se desarrolla en una nada poblada de pensamientos y actos en busca de una dimensión pintada.