Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Nos buscamos en el exterior esgrimiendo una bandera inútil o un grito impreciso, y si estamos dentro queremos salir para siempre de ese interior en que reina la fealdad y el destierro.
Y si se escapa uno configurando su propia incógnita lo tachan de ser un epígono que no sabe asumir la adversidad de que lo representado no tiene ya el misterio de lo sagrado. Sin embargo, el irlandés del norte COOKE postula que los códigos, todos los códigos culturales, reglamentan sombras vacías y lo que él pinta son excreciencias, espectros de espíritus impuros que únicamente abarcan contornos de clandestinidad muerta. Así han de llenarse para seguir más vacías y más comunicativas.
No son ni siquiera enigmas, las tonalidades en penumbra nos lo advierten, son opacidades que revocan lo que creemos ver, pues vivimos de apariencias pero no existimos con ellas. Necesitamos, aunque algunos piensen y declaren que ya no, que lo imprevisto no se agote, sea cual sea su significado y magnitud. El arte está basado en ello y no en una filosofía de la imagen que no es más cierta que una mirada ni más sabia que un sentido alumbrado en la tela.
Se trata de que el lenguaje plástico palpite y extienda esa palpitación, ese latido a donde no lo había, llenando de este modo esas concavidades de siluetas y mundos febriles.