Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Totalidades cósmicas de signos multicolores con los cuales jugar, presentir, interrogar, transmitir, buscar, pensar, inferir, soñar, detectar, desear, viajar, explorar, describir, obtener, sensibilizar, sosegar, callar, monologar, comunicar, sentir, emocionar, alegrar, calibrar, descubrir. Y quedan aún más caracteres de intensidad y consagración.
La de esta artista etíope, MEHRETU, es una obra para la libertad desde una opción plástica que lo envuelve entero significándolo, invistiéndolo de espacios abiertos y flotantes, en continuo movimiento, torbellino de señales grafológicas, que aunque estén desesperadas o melancólicas, vibran por la armonía y el fruto del encontrarse a sí mismas.
Es tal la penetración de la conformación visual, que en la mirada se queda fijada incluso una vez la hayamos desviado del soporte, pues ese baile de espíritus no desaparece sino que continúa en danza en los ecos de una contemplación que tiene capacidad para adentrarse e infectarnos.
Horizontes, cielos, cúpulas, bóvedas, lo mismo nos da, el hecho es que esta coreografía no nos liga al vacío, simplemente nos somete a un abismo que vamos a tener mucho tiempo para observar.
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