Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Cortezas, recubrimientos, epidermis, hasta cutis o pellejos que por mediación del holandés WAGEMAKER rescatan las claves de su historia, las huellas de su retorno, los caracteres de una biografía estratificada.
Un informalismo telúrico que traza hados manifiestos en orografías marcadas por las incisiones de una voluntad que se concentra y existe sobre la base de esa forma de realidad viva, en gestación, mutante, aunque aparezca cargada con montañas de siglos.
El gran artista español, Daniel Claver Herrera, que también inflige estas heridas pero que en su caso son más sangrientas y elocuentes, me dice que los gritos no sonoros son aullidos de la tierra, de la materia, de sus flujos y llagas, de sus arañazos y amarguras, o por lo menos así lo recoge él en sus obras.
Para algunos el tiempo de esta plástica ha ido en su contra, para otros, como yo, ella es la edad de ese tiempo, que para bien o para mal nunca para.
La verdad nos llega a mi amigo Humberto y a mí de madrugada y actuando de onanistas en El Malecón. Y nos abandona rotos, degollados y sin ron.
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