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No sé si mis puntos de coincidencia con Charles Saatchi -salvas sean las distancias- serán muchos o pocos, pero uno es seguro: nada resulta tan estimulante como estar frente a un gran cuadro, independientemente de si ha sido pintado en 1505 o el martes pasado.
Es cierto, contemplar la obra del austriaco PETRICK es como un viaje a un deslumbramiento que excluye ilusión y engaño, tal que si fuese un parque temático ajenos a los circunloquios retóricos.
El color exacerba la forma, la forma acomete al color y ambos se intercambian mensajes después de un particular pacto. El producto sale compacto, sólido, inventándose con el secreto de una imaginería futurista, capaz de transmitirnos sones de calles rabiosas, de espacios vociferantes, de personajes en desbandada, de leyendas urbanas pintadas.
Sobre lo inescrutable, clausurado, esotérico, impenetrable e inaccesible, respiramos lo exotérico, accesible, permeable y abierto.
En un periodo dominado por la atención que se presta al videoarte, las instalaciones y la fotografía, se necesita la excelencia de una pintura como ésta y como muchas otras.


