Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Unos signos o meros juegos caligráficos tienen encuentros casuales en un espacio empíreo. Gravitan en esencias cromáticas lúdicas, flotantes, auténticas piscinas donde la inmersión es la culminación de una afirmación poética.
Abordar con la mirada esas maravillosas constelaciones deparan grandes sensaciones volátiles, vitales, ejercicios íntegros de contactos con la mesura fértil, exquisita y lindante con lo exuberante.
No tomaría a la británica RAE por una artista encasillada, encajonada entre vientos y mareas, sino por una creadora con un potencial pictórico de lirismos acumulados, gozosos, salpicados de indagaciones tonales y de resonancias en el colmo del abrazo.
Ante estas conversiones plásticas, uno, como espectador, deambula con los ojos sumidos en conciertos de luz diseminados y estimulados. Ha logrado activar y avivar fuertes remolinos de incandescencia psíquica imprevista.
En realidad, la humana tienda siempre está abierta. Y en estanterías, clavadas en el alma, las emociones se muestran para la venta (Alberto Vigil-Escalera).