Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
En sus actuales exposiciones en la sala Canal de Isabel II y en la Fundación Canal, ambas de Madrid, el español CANOGAR (de talento excepcional) nos sitúa ante un discurso del que ahora lo vemos todo y antes apenas habíamos observado nada. Hay muchas razones y causas, pero una de ellas es que no lo hemos concebido como fuente visual y plástica.
Y para pensarlo y percibirlo ninguno mejor que un montaje cuidadosamente estructurado, meditado e imaginado, maravillosamente lumínico y con un marco ceremonial solemne. La escenografía que rodea la trama es más que el escote, es todo el cuerpo magnificado por el silencio, el goteo, el ruido del infierno, la penumbra y el ojo metafórico del tuerto.
Con contemplar despacio, teniendo la mirada suspendida y abierta, la mente captando el proceso y desarrollo (han de convivir necesariamente ambos), estamos convencidos de que la estética ya está bajo los versículos de otros albores, avisando de otras anunciaciones y dando testimonio de inéditas proclamaciones.
Las visiones que se suceden en el arte de los nuevos medios están globalmente sintonizadas con la contemporaneidad más absoluta -no podría ser de otra forma- y estremecedora. Lo que ocurre es que no es fácil hacerla fluir como lo consigue este artista, cuyos procedimientos ya son esa bendición alegórica y ecuménica del Olimpo virtual que como espectadores estábamos esperando.
Diría que entre el plástico y el metal, lo arrojado y despilfarrado, lo desperdiciado y desaprovechado, lo derramado y vertido se gesta una épica y una práctica artística que refleja lo que la sensibilidad y la conciencia han de construir cuando somos humanidad que se empeña en lo contrario, en seguir destruyendo y destruyéndose (alabado sea).
Nos unió el amor elevado de las cosas por el ser y el humilde amor del ser por las cosas. ¡Mas los milagros duran tan poco! (Alberto Vigil-Escalera).
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