Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
HELENE SCHJERFBECK (1882-1946) / HOY NO ME HE PEINADO
Tenía miedo de mí misma, me cuenta, y por eso aprendí a pintar, así me vigilaba, espiaba mis gestos, mis temores, mis desconfianzas, mis odios.
En estos autorretratos fui dejando la huella de un destino sólo abierto cuando descubría señales cromáticas en mis rostros, en los ángulos de las facciones, en las descarnaduras de la piel.
Soy finlandesa y crecí en el frío sin permitir que el pigmento coagulase dejando de interiorizar la superficie precisa. Cuando me miro en ella casi quedo ciega, ya no veo lo que es el dolor del tiempo.
Contemplamos lo que es el lenguaje de una pintura que ha decidido estar callada para así revelar lo más incierto que ocultarnos. Porque es una paradoja que ha jugado con la plástica de una confesión plena de expresiones ligadas a la fragilidad de la vida.
El arte es así historia en mayúsculas y en minúsculas, pero sin certezas, que ahora hay excesivas para sufrir y malvivir en esta total convergencia de lugares y tiempos.
Tinta permanente, sacudida después de firmar sus señales,
ronquidos de hombres tirados como hierros en la plaza mayor,
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