- No tengo dudas de que la obra del almeriense GARCÍA IBÁÑEZ rompe patrones y hábitos convencionales de percepción en casi todos los órdenes. Incluso revienta ciertas categorías que señalan que lo correcto es lo más rectilíneo posible.
Por eso esas magníficas puestas en escena, que son representaciones corrosivas de un sentido histórico, religioso y plástico iconoclasta, engrandecen, desde su consistencia más figurativa, la culminación de un hacer pictórico renovado y caústico con un pensamiento y unas creencias insoslayables.
Apela a una de las reglas absolutas de iniciaciones sobre la conciencia de la creación, la del compromiso entre el esperpento de lo que ha llegado a ser y el infortunio de lo que no ha sido.
La realidad plasmada alcanza sus más significativos valores sin necesidad de entonar aleluyas para ensalzarlos. Y con ella aparecen desafíos respecto a fes que consideramos incorruptas porque las máscaras no nos dejaban distinguirlas.
En el hombre, la anécdota, la historia es descomposición -meditaba-, es pérdida de fuerzas (Alberto Vigil-Escalera).
