Marc Fumaroli se despacha a gusto:
«Las recetas del arte contemporáneo en sentido oficial y mundial, por todas partes por donde se vende, se compra y se publicita, es la provocación, el exceso, el neodadaísmo escandalizador que encanta a los beaubourgueses superlativos de la nueva Aldea Global. Su esencia es destructiva y deseducativa; tiene vocación, como el dadá, de agitar, desestabilizar, derribar, en lugar de fijar unos puntos de referencia que no engañen y de los que nuestro mundo desbrujulado anda muy falto».
Este austriaco, SCHWARZKOGLER, se acerca a esa definición sin importarle un comino, él tuvo la impostura legítima como marca y signo de la casa, como vocación de odio hacia sí mismo y hacia los otros, los que miran y no saben ver.
¿Que me mutilan? ¿Que me torturan? ¿Que mi cerebro está horadado? ¿Que mi pene es una compresa carnívora? De ser el arte conocimiento y reconocimiento, ésta es su oferta: sacrificio sin tregua, asco, repulsión, ofrendas de carne y cuerpo que se vende sin esperar perdón.
A la hora de perecer le llegó su momento álgido, porque le impusieron los santos óleos cuando la defecación era el legado conminatorio de su último adiós performativo. Y los mirones nos hemos quedado sin acción a la espera de otro consuelo.
Poesía,
tristeza honda y ambición del alma,
¡cuando te darás a todos…..a todos,
al príncipe y al paria,
a todos……
sin ritmo y sin palabras.
(León Felipe).
«Arte…», «Belleza» , «Vanguardia», no importa, es necesario gritar en lo único que podemos sentir nuestro… nuestra expresión creadora… ¿cómo? ¡que importa!
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