En este trance depresivo por el que atravesamos es aconsejable mudar nuestros hábitos, acordar otras percepciones y comprensiones del fenómeno estético. Aunque visto lo visto tampoco es tan difícil, ya estamos hechos a todo.
Tratar de no vararnos, esa es la cuestión que pillada a contrapié nos sirve para entender una realidad que se nos resiste, que es como si ya no contara con nosotros, espectadores y habitantes.
Tal empeño viene a colación del encuentro con la chatarra y su potencial plástico, el que aglutina artificio, creación y material de desecho. Éste era el quehacer del norteamericano STANKIEWICZ, cuyas obras son un prodigio nacido de lo desperdiciado, arrojado y despreciado. Reciclaba este ingrediente hasta que la dicción se hiciese expresión de una fisonomía de ser, constituyendo su propia entelequia inteligible e inteligente.
La chatarra es una derivación del yo y como tal es fruto final si la mediación sabe lograr su fibra ontológica, extraer todo su potencial semántico y evolutivo.
A mitad de camino de la vida
yo me encontraba en una selva oscura
con la senda derecha ya perdida.
(Dante Alighieri).