Sobre una aparente ingenuidad discurre una tromba de signos que señala una realidad en busca de un destino que mostrar, a la par que se constituye como el fondo de una cosmogonía que llame urgentemente a la poesía.
En sus historias, al modo de leyendas o mitos desenterrados, la francesa VANNERAUD enriquece el festín con todos los manjares posibles y hace vibrar múltiples cuerdas de un imaginario a compartir, visualizando los sueños que ya no lo son y las pesadillas, apetecibles y no apetecibles, que sí lo son.
Su acervo dibujístico no se prohíbe nada y menos el abordar las singladuras de cualquier especie que jalonan un viaje que no quiere que sea de vuelta. Con la ida es más que suficiente para sentir los laberintos de lo imprevisible y aventurero.
La fortuna reside en saber vivirlo tal como se produce su contemplación, propugnando, igual que la isostasia, la tendencia al equilibrio entre lo exterior y lo interior. De conseguirlo, habremos de cumplir las mil miradas de condena.

Ecuestre lección domina el plañido
vacilante, pero también el pitazo del búho.
Sobre la mesa el aspa afeitada del otoño.
Caminadoras cortinas, el goteante verde.
Príapo como murciélago.
La soga podrida de la coreografía,
resbalando en despreciables fragmentos alícuotas.
(José Lezama Lima).