Un juego en la ciudad se desata, las vibraciones nos contagian el encuentro en pequeñas dosis del delirio, de unos colores que no son errantes y que tienen mucho que existir. Las torres crecen como versátiles jaulas siderales y los peregrinos de terrado amanecen erizados por el aire.
Pintura que seduce por su fantasía de cómic pero que al mismo tiempo es un cabecear en la luna, una extensión lúdica de teoremas reavivados. No hay apocalipsis ni destrucción, sólo sustancia erigida bajo nuevas dimensiones y una creación dilatada en definida alegría.
El italiano TADINI ha construido nuevos nidos en los que los cuerpos y sus sombras vagan sin enemistarse y la muerte no grita en el tambor de las cabalgatas. Sea la etiqueta que sea, lo que se percibe es que el hombre se hace dueño de los tejados de la luna y desde allí imparte lecciones de vida y pesadumbre.
No puedo saltar, tengo que llorar,
la torre impulsa al mar,
como nadie me oye, tengo que cantar.
(José Lezama Lima).