Los códigos pictóricos se mantienen en una constante controversia -ya no sabemos que decir-, tanto en lo que se refiere a sus modalidades presentes como a las que se postulan como futuro. Muchos estereotipos han quedado arrumbados y fuera de lugar, aunque siempre queda el resabio de lo ya hecho o simplemente se barajan unas hipótesis que están con la respuesta aprendida.
En lo concerniente a la obra del español PALACIOS cabe atribuirle desde ciertos presupuestos teóricos hasta el intercambio de conjeturas, suposiciones y sospechas. Lo que, por el contrario, no corresponde es negar las cualidades intrínsecas de lo que llega a la mirada como una aleación cromática y rugosa, fluida y escarpada a la vez, acrisolada y acendrada, que son paisajes que no nacen en la significación sino que atajan a través del proceso del significado. El hacer visivo ya es por sí mismo la noción y no la causa.
Concebir desde esas percepciones, en que la materia es transfiguración y aura de la tierra aireada por el transcurso de un tiempo omnipresente, requiere una aptitud transmutadora, un don creativo cuya intuición descansa en la pigmentación serena y contemplativa de una quietud que espera el instante de una nebulosa perenne.
La memoria del hombre se puebla de fantasmas,
el silencio presagia la lividez hiriente, descarnada, del grito,
y ya no queda espacio donde vagar los sueños, dejados dulcemente al margen de las cosas.
(Ildefonso M. Gil).