Decía Georg Baselitz que el cuadro es un elemento autónomo, autárquico, igual da que uno lo vea en la pared o que lo lleve dentro de la cabeza.
En las obras de VALLEJO, que responden a esa condición, tendríamos que tener un trasfondo al que nos impulsase y señalase el misterio, lo oculto, lo intransferible, el horizonte desnudo e imposible. Así casi todo ya está expresado.
El temor ante esa belleza enmarca una especie de suceso sobrenatural, un fenómeno con una pulsación cromática tan cargada de un resplandor apagado, solitario, que lo que se ve es una duda sobre la naturaleza plástica y sus secretos.
Vislumbramos destellos a pesar o gracias a ese todo, cuya semántica nos hace evocar un tiempo, un espacio, una vida y un relato que desde la eternidad podremos seguir mirando con añoranza pero sin desconsuelo.
¡Sangre impaciente que alza en mí otros hombres,
triste carne mortal, vida sola!
(Eugenio de Nora).