Del gallego VILAMOURE ya hablé en un post que le dediqué en el otro Blog el 19 de marzo. Ahora, con motivo de su reciente y última exposición, en la que muestra un repertorio gozoso de collages, tenemos la oportunidad de que las imágenes sean claras u oscuras -ese relativismo visivo- están llenas de color y sin espacios inútiles.
Pesa la herencia, dirán algunos, pero no la tradición, dirán otros, aunque si es esto último la primera ni siquiera es la toponimia de la memoria, porque ni le sobra ni le basta. Con lo cual, hay adheridas telas, texturas, empastes, papeles, recortes, pinturas, reproducciones, fotografías y mucho más que me es imposible discernir.
Parecen, por tanto, versos de estructura nueva y vieja, de compás, son e hibridaje diversos. Porque cuando empieza cada uno las posibilidades se multiplican mediante la acumulación y yuxtaposición, el encaje y el ensamblaje, hasta que quedan preñados con una significación plástica que los hace terriblemente bulliciosos, fantásticos e incluso místicos.
Pero además esa densidad pictórica los define desde unas claves y atmósferas que son registros visuales de festejos y festines, a la que le quedan cortas las superficies donde extender la vista en busca de brillo y policromía. Seguro que será para la próxima vez si no se le escapa a raudales.
Con el vino alzado hasta la muerte,
la escarcha se prolonga si penetro
en nuevo aparte de mi oscuro nuevo.
(José Lezama Lima).