Hay una parte de la pintura del como sur que no se sujeta a vaivenes, más bien desde siempre diríamos que está agarrada a su historia, a su geografía, a sus raíces, a sus tradiciones, ya sean reales o irreales. Apegada a las laderas de sus montañas y a los vértigos de sus altos picos.
Y además, las fragancias cromáticas que emplea el peruano COTRINA son las dimensiones espirituales de ese mundo que no tiene toldos, que está abierto a las miradas sean o no interpretadoras de sueños mitológicos, de fábulas y ficciones que se narraron sin prisa, con el ensueño requerido y la visión a flor de ojo.
Es una pintura de muchos maestros y de un solo ejecutor, de muchas sabidurías y leyendas pero de una sola plasmación. Simplemente el relato camina y la representación va detrás dándole espacio, tiempo y forma.
Decidió pasar el resto de su vida dentro de un tubo de plexiglás. Para ello, creyó conveniente hacerse con un burro. A eso del mediodía los dos se encontraron en el mundo del plexiglás. Los habitantes entonaron himnos de bienvenida, hosannas, aleluyas.
Era, de nuevo, el Domingo de Ramos.
(Leopoldo María Panero)