Conocí el otro día al artista cubano EDUARDO LOZANO y hablamos un poco sobre su obra, muy anclada en la tierra que divisó desde su inicio y que al mismo tiempo fue la nutriente de su desarrollo artístico. Por eso, cuando en ese autorretrato se percibe su temor y desconfianza, también se va mostrando la exteriorización y desnudez de lo que se ajusta a su opción de lo allí vivido.
Y es cierto que no cae en lo manido y tópico de la geografía cubana, sino en una concepción más singular que la sintetiza y la envuelve dentro de una sensación plástica que quiere ser la propia. Porque su sentido cromático juega dentro de distintas hechuras y de otros posos.
A Eduardo quizás le quede mucho por emprender en este viaje, pero eso es una suerte y no una maldición, pues será entonces cuando dé la medida exacta de su definición y hondura.
en el invierno
abandonad los largos corredores, y vuestros pasos
que heredaron en vano el silencio
vuestros pasos
ya no existen en el tercer tramo
si abrazamos un cadáver
(Leopoldo María Panero)