El escultor colombiano OLAVE acaba de dejarnos, al parecer asesinado. Macabro fin, injusta muerte para un artista. Con tal barbarie desaparece una parte importante de un legado cultural -su obra futura- de la humanidad que siempre ha de considerarse imprescindible.
Sus esculturas/instalaciones colocadas en los tejados de Medellín daban a la ciudad otra fisonomía y otra forma de preguntarse lo que esos iconos nos depararán, las preguntas abstractas y concretas del hecho de vivir en superficies ubicadas en los techos y al descubierto.
Y, por otro lado, contemplar desde abajo las piruetas de esos personajes (que podríamos ser nosotros) que han hecho allí su cobijo, nos impulsa a proporcionarle a nuestra cosmovisión un elemento más de reflexión. De momento, por nuestra calles velan esos seres y sentimos su presencia y compañía.
Hay cuatro mujeres que robaron mi fetidez sensible
y mi podredumbre en el cadáver que aún respiraba lenta-
mente dejando
salir de allí mi alma como un pedo.
(Ledopoldo María Panero).
¡Hola! Las esculturas están en La Candelaria, Bogotá.
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