Altares paganos que compendian con fuerza, irreverencia, virtuosismo y despiadadamente, la sinrazón de un siglo, la infelicidad de un simbolismo, lo cruento amansado de un surrealismo y la tipología de un fuero artístico personal.
Casi como murales triangulares en que la muestra de personajes íntegros o rotos, tamaños, artificios y espacios vírgenes expropiados y degradados, incitan a una mirada alargada, pausada en cada detalle, sensible a lo que suscita y verifica, a lo que posee a pesar de todo una intrínseca magia y autenticidad.
Son obras que retoman pasados mitos representativos para fijarlos en otras coordenada más visivas para el espectador, el cual no se queja de los responsos y sí de la falta de ellos si no son como los que nos propone el español DOMÍNGUEZ, ya que él los plasma así de haberlos escuchado tanto.
Soy una vieja en un bar llorandomientras los hombres juegan al tribunal del silencio.
(Leopoldo María Panero)