No tenemos ninguna razón para negarlo, cada obra de arte tiene su cosmos libre y, diríamos, su verdad propia. Y en las del alicantino ESPINÓS adquieren esa magia singular que nos envuelve mediante un artificio basado en la exploración de un material del que seguramente desconocíamos esa capacidad para hacerse a sí mismo.
Esos entes visuales tienen una visibilidad absoluta y en ella esconden por superflua todo su maquinaria interna, la que le da génesis y significante, que llega a relacionarse y asociacionarse con nuestra mirada interrogativa e inquisitiva.
Alcanzan la categoría de lo vivo y creativo, lo maravilloso y extraordinario, sin hacer malabarismos innecesarios y espasmódicos. Y son producto de las exploraciones del numen y la vigilia, que no siempre están despiertas, prefieren quedarse dormidas.
A no sé cuántos años
de la caída de mi carne
pedazos de lágrimas
gritan
por una esperanza
que prefirió morir un poco más tarde.
(Almelio Calderón)