El artista transmuta y convierte, troca y muda. Sin esas operaciones su obra se queda sin alma creadora, queda limitada a un acuario roto. Esa es la sorpresa de la húngara PAN, cómo se metaboliza en esas formas orgánicas que flotan, cual aves blancas y fantásticas.
Las líneas ondulantes de sus obras nos transportan, nos hacen nadar con ellas en viaje hacia un paraíso al que nunca queremos llegar para no romper esa magia de surcar plácidas y verdes lagunas. Hay un ritmo plástico que depura y purifica, que no pierde su don ni su naturaleza exógena sin merma de su anatomía interna.
Son fenómenos que van más allá de ese juego empírico, de ese nutriente decorativo que hipnotiza voluntades. Van más allá porque al final adquieren vida y realidad y como espectadores nos quedamos absortos de que así haya sido y todavía siga siendo.
La promiscuidad se cultiva en el país.
Odio mi casa que se marchita como la cruz cuando olvida su muerto.
Y las aves picotean.
(Almelio Calderón)