Nuestros sueños infantiles desbordando una realidad para erigirse en otra muy distinta, que no hace más que repetirnos lo de que estamos aquí y fíjate en qué prodigiosos somos. Para eso los pinta el grafitero y artista norteamericano SIMKINS, que no duda convertirlos en nuestro alter ego.
No tienen nada de domesticidad ni enjundia ni solemnidad. Su conformación plástica es de júbilo notorio, de imaginación total, de perfección absoluta en el contexto en que se generaron y que poseen un mundo maravilloso, en el que caben hasta los milagros de estar y reconocerse.
Es una obra tan poco seria en su propuesta, significados y representaciones que habría que tacharla, ningunearla, abolirla. Y a la inversa, festejarla porque no se parece a lo de siempre, al aburrimiento que padece actualmente el arte, y además carece de concepto. Pero a mi me gusta el pecado y a los pecadores.
Aquí no hay cielo,
aquí no hay horizonte.
(Mario Benedetti)