No es el primero que proyecta y traza para mostrar la deconstrucción. Son cartografías, planos vacíos, en el aire, como si se hubiesen quedado huérfanos después de la burbuja inmobiliaria. Por eso toman otra disposición, se erigen en creaciones que existen por sí mismas volando, con su dinamismo y agonías que van depositando en su base.
La del valenciano GUILLEM no es ciertamente pintura, o es aquella de la que hablaba Baudrillard, en el sentido de que hay una gran dificultad para hablar de ella, porque existe un gran impedimento para verla, pues la mayoría de las veces no quiere exactamente ser mirada, sino absorbida visualmente y circular sin dejar rastros.
Eso sí, tiene el don de imaginar cómo sería lo que nunca será, cómo planear meticulosamente un entramado de líneas y geometrías cuyo fin se ha volatilizado, es una ilusión perdida, una parodia cartografiada de metafísicas imposibles.
Pero un viejo y noble abuelo
así el cuento terminó:
-Y cantando murió
aquel que vivió cantando,
fue -decía suspirando-
porque el Diablo lo venció.
(Rafael Obligado)