No nos gustamos, somos ridículos, mezquinos, insignificantes, adefesios, irrisorios. Todo eso somos y mucho más. No es cuestión de agotar las metamorfosis en la elaboración física o virtual.
Y volvemos a llevar la contraria a Baudrillard cuando manifiesta que la iconoclastia moderna consiste en la fabricación de una profusión de imágenes en las que no hay nada que ver. Imágenes que no dejan huellas, pero sí de las que ha desaparecido algo, que es el secreto de la simulación.
Pues en la obra de la iraní MADANI nos queda claro el humor, la ironía, la parodia, hasta el horror de ser hombres, fundamentalmente hombres inicuos, grotescos, infames, mal hechos, mal dibujados, deformes, repelentes, feos. Es decir, metamórficamente humanos.
No hay piedad en esa frontera artística a la que muchos tildarán de mal gusto, otros de mero cómic para pasar el rato, otros de un arte vil y rencoroso. Quizás sea un compendio de todo y aún así también constituya un iconostasio a la inversa. Lo que no cabe duda es que es fruto de unas experiencias existenciales y ajustadamente formales.
(Y es que ignoré que el alma, santuario de misterios,
empieza con jardines como los cementerios.)
(Arturo Capdevila)
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