La escultura vuela sin perder sus raíces, gruesas y contundentes. Y es Lam el que sale de ese tronco, el que se ve a sí mismo metamorfoseado en el último suspiro. Con ello el cubano LESCAY le ha dado consistencia, solidez, pero también la esencia de un secreto auténtico que nace de la soledad, de lo milenario y del perfume de una luz que en esa isla nunca está apagada.
Mientras, el soldado resucita a todo lo largo, como queriendo alcanzar el cénit, desde la tumba de su casco para exigir el fin de la destrucción no bendecida ni rezada, aunque sea para servir de desenmascaramiento de una falacia que seguirá sumando y no restando.
De acuerdo con lo que se percibe, este artista tiene una hechura creativa, incluso como pintor, que tiene en el ser isleño y caribeño un duende propio, y en su historia un caudal de vivencias…
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