Ayer mi mirada rejuveneció, no tengo otra forma de explicarlo. No hay espacio para cúpulas de «colorines», como me decía Daniel Claver Herrera, sólo hay lugar para una firma de sangre.
Hay que detenerse ante cada obra, tomárselo con calma, acercarse en cada instante, luego alejarse, colocarse en el centro, en la derecha y en la izquierda. Quizá nada más. Para mí ha sido suficiente, indescriptible e inenarrable.
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