Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
¿Caben estas fisonomías en la contemplación de una naturaleza que se va despojando de lo humano? ¿O es al revés, pero más humano? Para el francés MONMARCHÉ es una incógnita esa revelación que él saca a la luz para ser vista bajo la negrura de una conciencia que ha perdido la mirada.
Ya no cabe hacer ni responder más preguntas, las obras de una estética del espectro aparecen sin decir nada, sin proporcionar más que un signo que late en una memoria que ha confundido historia, memoria, tiempo y cosmos. Son tan sacras como impías.
El artista ha atisbado lo que hay dentro de sí, ha dejado después que inspire sus capacidades y formas de hacer, y al final, entre tantas sombras, esas que vienen siendo ya una ficción tradicional, se muestra en la superficie y maldice.
¿No alegaba el sabio rey Salomón que el tiempo devora al hierro con herrumbre y al hombre con incertidumbre?