El norteamericano SHAW es capaz de bailar hasta con las garras más feroces. Si el arte es un lenguaje de signos y símbolos, que debe estar en constante evolución, el suyo es un proyecto fascinante de reunirlos todos en una fiesta y celebrar el fin del mundo.
No hay una determinación en esa cita que hace, le pasa a la cuenta a todo, pero el conjunto ha de ser una exhibición única y excepcional, en que además lo incoherente paulatinamente va tomando la forma de una coherencia atinada, basada en los opuestos.
Surrealismo, dadaísmo, para su obra ese mismo no tiene sentido y si conjuga será con neos de zarabanda, con etiquetas de garrafón y de historias que tiene un estilo muy formal pero sometidas a dietas de falta de apetito. Así no, él más anárquico y vocinglero, de ingenio vivo, insolente y hasta arrogante.
Alma que sabe y todo…
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