Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Que la esencia de la pintura -la que produce convicción- está en gran parte determinada por las obras vitales del pasado reciente y, por tanto, cambia constantemente en respuesta a éstas, podría decirse pero no asegurarse.
Pero en lo que concierne a los retratos del conquense TORRENT no podría aplicarse porque en ellos se esconde el mismo terror y espanto de los que le precedieron, el que se sacraliza una vez que el artista los ha sacado del infierno.
Se encaran desde su marco con esa fuerza cromática densa y salvaje con los que detienen ante ellos para espetarles la fisonomía que tendrán cuando todo acabe, ya sea en el transcurso de un tiempo infinito, ya sea en un espacio intestinal ardiente.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.