Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Una obra de arte tiene existencia de hecho histórico y supra-histórico, porque una obra de cualquier época continúa siendo contemporánea a todos los hombres, con los que establece una comunicación, sea cual sea el momento temporal en que esos hombres estén situados.
El americano ROSENBERG, en su obra pictórica, aborda el espacio como un torbellino de vientos que dibujasen con sus valores cromáticos unas emociones encontradas pero no desafiantes, sutiles pero no contendientes, narcisistas pero sin degradarse.
Su plástica, posteriormente, la deja en manos de sus momias para que les infunda vida y presencia, audacia y visión, eternidad y sabiduría, cuerpo y presencia.
Esta infinitud no induce a ningún esfuerzo extraordinario, cualquier cosa que hiciese sería ridícula, me hundo sin sentido, y es mejor así.