Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Como gran artista cubano que es, VALDIVIA sabe que el arte ha de estar profundamente arraigado en el ser y su relación con el mundo que le rodea.
Por eso, en sus obras en forma de collages percibimos los símbolos figurativos y plásticos de su propia biografía y de su mismo entorno, pero manejando sabiamente un imaginario en que las distintas gamas cromáticas se ajustan luminosamente al designio que se ha propuesto.
Es una pintura densa, prolífica, impugnatoria, que se desliza en la conciencia de la mirada como si fuese un rompecabezas que surge de un sueño condenado a una maldición irresistible.
Decía Rober Musil que la escasa sensibilidad artística de un pueblo no se revela solamente cuando las cosas salen mal y de forma violenta, sino cuando salen bien y de todas las formas.
¿Qué es el dolor? Una sensación que no quiere borrarse, una sensación ambiciosa.
Parece como si la humanidad hubiese quedado reducida a una masa errante, desalmada, incoherente, ignara, que estuviese dominada por demonios.
¿Serán que los rostros baconianos -que no collages aunque lo aparenten- del americano QUINN es como nos ha captado en su singularidad de masa mefistofélica.
Es posible también que nuestra monstruosidad facial sea fruto de esa percepción planteada como un designio, que al mirarla nos contempla y al mismo tiempo nos absorbe en nuestra realidad psíquica y moral.
El gusto por lo extraordinario es característico de la mediocridad (Diderot).
…Y todavía nos extrañamos de que el Siglo de las Luces no haya entendido para nada a Shakespeare.
El arte emite en la medida en que el receptor posee el grado de instrucción mínimo para emocionarse.
Un poeta español me envía una postal de felicitación en la que figura una rata, símbolo, me dice, de todo lo podemos esperar del año. De todos los años, hubiese podido añadir yo.
La moda vigente es valorar una obra de arte como auténtica, comprometida, rupturista, innovadora, cuando en realidad es ambigua, artificiosa, historicista o ecléctica.
Al americano SHULLlo que le preocupa es que su obra refleje una concepción plástica que partiendo de su manejo capaz de una materia concreta, sea un concierto constructivo de significantes y significados.
Su intuición le marca el camino y su intelecto le orienta en el proceso de ejecución hasta ese sueño táctil y visual de su producción, cuyas propiedades y calidades dejan que la mirada se prenda de su enigma.
¡Bienaventurados todos aquellos que, habiendo nacido antes que la Ciencia, tenían el privilegio de morir en cuanto les llegaba su primera enfermedad!
Se dice que la íntima conexión que hay entre el artista, los materiales y el proceso de producción de una obra es dinámica, compleja, tanto intuitiva como reflexiva, tanto imaginativa como visionaria, trascendiendo, por tanto, cualquier diferencia cultural, histórica o geográfica.
Con tal introducción es suficiente para revelar las claves de la obra de la neozelandesa UPRITCHARD, cuyas esculturas son tan primitivas como el fruto de una visión que indaga en los confines de un mundo que nos parece lejano, pero que merced a ella lo tenemos ante nuestra presencia.
En realidad constituyen mutaciones posibles de nosotros mismos, ya sean del pasado o del futuro, de la tragedia o de la catástrofe, de la muerte más allá de sí misma.
Lo que no puede traducirse en términos de mística, no merece ser vivido.
La nada ya no es nada y por eso se ha suicidado. El mundo se pudre en la tumba por haber herido a la creación y nosotros ahora sólo somos gotas de sangre.
Renunciemos, pues a las profecías, no nos dejemos engañar más por la imagen de un porvenir lejano e improbable, atengámonos a nuestras certezas, a nuestros nada dudosos abismos.
Siempre es obligada la consideración y evaluación de objetivos, motivaciones y formulaciones de los artistas, junto con las circunstancias en virtud de las cuales se ha producido tanto ellas como sus obras.
El afgano-alemán AAFITI tiene, pues, la base de su cultura de origen como su interpretación de su universo pictórico, haciendo que sus grandes signos caligráficos vuelen en horizontes polícromos.
Los trazos de fuerte luminiscencia atraviesan un cielo abierto y dejan un iris que se va convirtiendo en huella y señal, en una plástica del ensueño anidando en una realidad de vértigo.
Predestinados al engullimiento, representamos en el drama de la creación, el más espectacular y el más lamentable de los episodios.
Debe estar conectado para enviar un comentario.