Otro olvido imperdonable es haberme dejado al cubano ENRÍQUEZ aparcado como si fuese un carril abandonado. Y eso no puede ser, sencillamente porque estamos hablando de un pionero y uno de los más grandes de la plástica cubana y latinoamericana.
Su formación europea, principalmente francesa, le señaló un camino que él convirtió en un continente pictórico, en el que caben todas las pasiones, dramas, liturgias, formas, pensamientos, espacios, orografías, territorios, miserias, violencias y exaltaciones de un pueblo y de una isla, un tiempo y una historia.
Con una visión dinámica, potente, intensa, y un sentido telúrico en la estructuración de las imágenes y sus significaciones cromáticas, ofrece una mirada sobre todos los ámbitos de un vivir en constante lucha entre la exploración y su medio, entre una existencia que aglutina contornos perennes y un proceso creativo que no cesa de conformar hechos y acciones, tanto en el campo de lo artístico como en el terreno de lo real.
Sus obras nos trasladan a escenarios ya imaginados y, sin embargo, nos siguen emocionando porque hay una línea estilística que sabe obtener el tributo que se le debe, el sentimiento que despierta, la identidad que reivindica y la modernidad guajira que funda y construye.
Mañana mismo
podremos ser el polvo de la bomba
y ahora mismo no encontrar
un pobre sitio donde tenernos en pie
y curar las melladuras.
(Sigfredo Ariel).



































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