Que la belleza sea el fin del arte fue una premisa arbitraria no demostrada, que ha hecho imposible una reflexión imparcial sobre la esencia y el origen del arte. Esto lo decía Konrad Fiedler hace mucho tiempo. Ahora esa reflexión es como un sumidero que se traga todo y de todo.
Esta digresión viene a cuento de la obra del cubano BRETAÑA, que entre pitos y flores festeja un júbilo que parece estar al alcance y nunca llega. Es una alegoría caribeña, enmarcada en una corriente estilística isleña que está vigente desde hace unos años, a través de la cual se ve y se imagina un séptimo cielo en el que ser otro, situarse, jugar y vivir perenne en un globo multicolor.
Para el autor, la representación, estructurada verticalmente en una simbología de abajo arriba, forma un compendio iluminado y depurado de lo que es un cuento que no falla en lo visualizado ni en el sueño revelado. Falla en la virtud de lo que es así confesado, lo que no deja de ser un error malignamente fervoroso con el don ilimitado de perversidad. Con ello no cae en la renuncia si se le está pidiendo otra solución u otra salida más tortuosa pero menos clamorosa. Es su opción y no una tentación.
En la mañana, tropezando con la blancura del pan,
se mira una túnica
y se pinta un espárrago.
Se intenta dibujarlo
y brota un fantasma dificultoso,
entre la extensión de las manos
y las manos cortadas, bailando
ya en la cesta de las mangas.
(José Lezama Lima).
IMA PICÓ / TOMO LO QUE ES MÍO
Postulaba el «arte concreto» que la obra ha de estar enteramente construida con elementos puramente plásticos; es decir: superficie y colores. Un elemento pictórico no tiene otra significación que él mismo y, por consiguiente, la obra no tienen ningún otro significado.
Éste podría ser el argumento de la obra de la valenciana PICÓ, pero no lo es porque en sus instalaciones va dejando señales, signos, vestigios que echan por tierra tal aserto. Sí es cierto que su sentido plástico es rotundo, resplandeciente y que encuentra su camino en sitios insospechados aunque no desconocidos vital y biográficamente, en los que extenderse y ejercitarse.
Y la verdad es que esa fusión a fuego de elementos que tiene lugar en sus creaciones, su articulación como agentes interlocutores y focos de atracción en los que depositar lo que entendemos una vía de acercamiento a un imaginario caliente, lleno de formas a las que agarrarse y cobijarse, nos acaba cautivando desde la emoción y desde un conocimiento propiciador de voluntades más acordes con la naturaleza de lo contemplado.
El cuello de la botella, incitación arco iris,
es como la garganta del diablo.
(José Lezama Lima).
GILBERTO RUIZ (1950) / RENDIJAS
En el interior de una isla en la que falta una imaginación que no sea la que ya se ha diseñado, la fantasía otra que recala, escarba en el cerebro de la creatividad para asegurarle que el sueño no se ha roto y el mito sigue estando en pie.
Cuando en el cubano GILBERTO tomó cuerpo esa idea, ya había estado localizando entre ensueños, ficciones y entelequias, la dimensión de estos encantados refugios que al final le salieron cuadriculados en el soporte.
Discernir, lo que se dice discernir por lo que respecta a la naturaleza de su obra, es estar a la par de su línea de flotación, en la que se aúna representación contada, quimera y la aspiración al prodigio en ese mismo espacio, el único que hay, con el fin de que la mirada quede fuera pero manteniéndola dentro.
En la cabeza tres círculos verdes
y los ojitos que abren y cierran la noche.
Las banquetas para los violinistas
y en medio de la pechuga aljamiada
una garrafa saludando como en un minué.
(José Lezama Lima).
RAFAEL MARTÍNEZ PRIMO (1959) / LOS PINTO PARA QUE ME OBSERVEN
El espacio se abre para recibir las siluetas multiplicadas, serializadas, vertidas como sacrosantos iconos de un misterio que tiene una plástica nuclear que lo conforma como una secuencia tallada en su propia raíz artística.
Ante esa depurada ceremonia cromática que precisa los contornos de unos bustos que se expresan con el hermetismo de una recreación clásica, se despliega, a modo de mural, unos diálogos separados o unos silencios desde barreras selladas y obligadas por el carácter planificado de su representación. O, por el contrario, la fusión tiene lugar, la cual se va concretando sucesivamente en un proceso de cuerpos alzados y brazos abiertos para un final sin esperanza.
Puede, en resumen, conceptuarse como una obra que concita unas vivencias y experiencias que desde los procedimientos más actuales, devienen únicas, moldeadoras visualmente de emociones y creatividades que nos sitúan a ante el ser de lo contemporáneo sin perder el numen greco-latino, la síntesis dinámica que palpita siempre en el arte.
Ligero y grave como la respiración,
nos enseñó en su pintura,
que la esencia de los arquetipos platónicos
está en la segregación del caracol:
chupa tierra y suelta hilo.
(José Lezama Lima).
PEDRO BARBEITO (1969) / ÉSTA ES LA FASE EN LA QUE ESTOY
El gallego BARBEITO no esconde su creatividad bajo los orígenes que les son propios a su plástica. Todo lo contrario, hace que ella se multiplique hasta que en cada centímetro, en cada ángulo, en cada plano haya un cruce de formas que acaban componiendo un friso nuevo, no excluyente de otras conjugaciones y consumaciones que se relacionan también entre sí.
Se hace patente el uso de recientes tecnologías de la imagen para capturar la fragmentación pletórica de un mundo que no se le escapa, gracias a la compenetración con las mismas lo atrapa, lo sintetiza, le da asombro, profundidad, dimensión, diversidad y complejidad.
Ni un momento de descanso nos aguarda, la mirada va siguiendo cada itinerario, cada recodo, al mismo tiempo que hace un reconocimiento del terreno y concilia plano a plano, sensación a sensación, idea a idea. Tampoco hay que contener el aliento, porque la reflexión hace la suma final entre lo cuadrado y lo ovalado o circular, calibrando el cálculo fantástico de una pintura que implica al futuro con el presente.
Las claves de la obra de este artista están pensadas para legitimar el núcleo primordial, que aúna lo cósmico y lo creativo como si uno y otro tuviesen una identidad plena a la que únicamente le faltaba mostrar el rostro. Y si así ha resultado el fruto de esta plasmación, la seguridad de percibirlo ya ha pasado a nuestro tejado.
Allí más viejo significó más sabio,
donde más joven significa más ardor
para abrevar en la metamorfosis de la sabiduría.
(José Lezama Lima).
MARINA DE CARO (1961) / TRATO DE HABITARME
Es en las instalaciones donde podemos apreciar una mayor fusión entre lo científico-técnico y el arte. Ya no son sólo materiales, instrumentos, herramientas, maquinarias, sino también artilugios, artefactos, mecanismos los que juegan a conmutar el artificio desde otras ópticas significantes. Aunque el desconfiado de Martin Heidegger quería creer que con el arte la redención era posible frente al ciego dominio metafísico de la técnica.
En el caso de la argentina DE CARO, cuando ensaya esa amalgama, lo hace partiendo de una liberación espontánea. Y es así porque sabe que la función plástica es generar capacidades de transformación, de giro y volteo. Por eso la práctica da cumplimiento a un ejercicio ambiental multiforme, indefinido debido a una ficción misteriosa que encaja en la adivinación de la mirada.
Lo que detrae, después lo añade bajo otra formulación. Y no se limita a una modalidad, las busca todas y en todas halla el rasgo que da voz y gesto a su poesía.
El baile pide un cedazo,
costumbre de un buen retraso
el muerto pierde la idea,
la noche relampaguea
un bastón, un bastonazo.
(José Lezama Lima).
JOSÉ ÁLVAREZ VÉLEZ (1949) / ME DEJÉ LLEVAR POR LA INOCENCIA
Hacía tiempo que mi amigo, el artista vasco ÁLVAREZ VÉLEZ, no visitaba este blog, entre otras cosas, porque son malos tiempos para la plástica y él estaba sin ánimos para cultivarla más allá de sus dudas.
No obstante, de vez en cuando siente la necesidad del retorno, de regresar a ese refugio seguro que le permite expresar esa magia auténtica habitada por unos mosaicos de gamas y tonos sin quejido. Son otras voces y distintas las formas que se extienden y con una furia suave palpan el aire. Y desde hoy pero no hasta siempre.
Evitando que acaben de licuarse, el artista redime esos espacios espolvoreados con un hacer tejido de un núcleo de voluptuosidad y ebriedad que manan de sus capas preñadas de esa armonía con la que la mirada se nutre.
En la abstracción se consigue equipar el aura mediante el juego de una técnica depurada y despojando destellos y máscaras. No hay otro recurso, otra sintonía que ésta para que lo poético alcance su cenit. Estas obras son, en ese sentido, su mejor testimonio y prueba.
Ascendía la soledad del cuarto vacío.
De pronto, la mano del picaporte
palpó la mañana.
(José Lezama Lima).
CARMEN SELMA (1980) / NO ESTOY PARA RECUERDOS
Nos hartamos de huir de la tradición a pesar de que, lo queramos o no, sigue siendo un referente insoslayable, que, sabiendo utilizarla, proporciona una intersección de caminos y recursos, desde los cuales partir con ella, incluso en el olvido o con su entendimiento del gesto.
¿Cuántos de estos retratos de familia y de grupos no han formado parte de ella y han facilitado el conocimiento y la emoción de un tiempo, de una historia, de una sociedad o de una familia? Cuando la española SELMA precisa sobre estas premisas otras nuevas en su obra, enlaza una concepción plástica con el pasado en una plenitud diferente.
Ha adquirido conciencia en su quehacer de que la existencia es su propio autorretrato entre lo real y lo fantasmagórico, entre lo adusto, asombrado y perplejo y una carne y unos cuerpos reacios a servir de culto y arrobamiento. Dejemos para otro día el espíritu.
Son piezas delatoras y que rezuman deudas e insatisfacciones acumuladas. O pretensiones de lo ridículo, del no llegar a ser, o, por el contrario, de ser una ficción que nos estamos inventando. La mirada se queda fijada en esas figuras, en sus ojos, para acabar con la sospecha de que lo contemplado no sólo es pintura, sino que es un destino coagulado, solidificado y capaz de resucitar la más pequeña mancha que creíamos lavada.

La llanura y la candela,
el jinetuelo y guitarra,
van prolongando su tela.
La Nochebuena desgarra,
no hay Nochebuena de seda,
ni abuela semimecida.
Lo reconozco, su herida,
como en el ciervo al acecho,
busca en el agua de helecho
la sucesión sumergida.
(José Lezama Lima).
ERWIN WURM (1954) / NO PONGO LOS MUEBLES
En cierta forma y al utilizar recursos aleatorios y asombrosos que supuestamente ponen en entredicho la racionalidad de un mundo que está sin soluciones, el austríaco WURM puede confundir con sus objetos y perfomances, pues aparenta una ingenuidad que ha sido concedida al hombre para permitirle, en tiempos de crisis, que se diese a sí mismo unas formas y unos sonidos que le impidiesen ver la verdad (William Falkner).
Nada más lejos, por supuesto, para un artista del país que a lo largo del siglo XX fue la cuna de los movimientos más radicales del arte contemporáneo. Él no hace otra cosa que hacer ostensibles, con sarcasmo, humor, ironía y agudeza, las contradicciones y quimeras fraudulentas de un credo conformista y consumista que roza los acordes del absurdo.
Nos retrata como idólatras de unos objetos fabricados por una sociedad que se miente a sí misma, aunque esta última, en lugar de hacerlo desde una coherencia lineal, fácil, lo hace camuflándola y maquillándola. Así que el autor únicamente se remite, con gran pompa festiva y visual, a descubrir la falsificación, invitándonos a seguirle hasta sus últimas consecuencias. Con la advertencia de que los que sean cobardes, no se sumen, no sea que acaben siendo setas con piernas.
El vencido por el sol regresa con las estaciones
y el que triunfa de la muerte se vuelve a morir.
(José Lezama Lima).

FRANÇOISE VANNERAUD (1984) / NO HAGO MÁS QUE VAGAR
Sobre una aparente ingenuidad discurre una tromba de signos que señala una realidad en busca de un destino que mostrar, a la par que se constituye como el fondo de una cosmogonía que llame urgentemente a la poesía.
En sus historias, al modo de leyendas o mitos desenterrados, la francesa VANNERAUD enriquece el festín con todos los manjares posibles y hace vibrar múltiples cuerdas de un imaginario a compartir, visualizando los sueños que ya no lo son y las pesadillas, apetecibles y no apetecibles, que sí lo son.
Su acervo dibujístico no se prohíbe nada y menos el abordar las singladuras de cualquier especie que jalonan un viaje que no quiere que sea de vuelta. Con la ida es más que suficiente para sentir los laberintos de lo imprevisible y aventurero.
La fortuna reside en saber vivirlo tal como se produce su contemplación, propugnando, igual que la isostasia, la tendencia al equilibrio entre lo exterior y lo interior. De conseguirlo, habremos de cumplir las mil miradas de condena.

Ecuestre lección domina el plañido
vacilante, pero también el pitazo del búho.
Sobre la mesa el aspa afeitada del otoño.
Caminadoras cortinas, el goteante verde.
Príapo como murciélago.
La soga podrida de la coreografía,
resbalando en despreciables fragmentos alícuotas.
(José Lezama Lima).
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