El patetismo de esos seres no les hace insignificantes, al contrario se les agigantan sus cuerpos desnudos desmadejados, deformados, posados en posturas apáticas, yacentes, insensibles o ya en tránsito o espera hacia un final que no sienten.
El estadounidense GAREBEDIAN concibe una coloración fría, un entorno físico desposeído por su pequeñez, su monotonía, su carencia de atracción. Al final, es como si estuviésemos ante la recreación de una era que se gestó tras una conmoción universal y que se articula con esta frialdad sombría a pesar de la luz y de ese canto sordo.
Con su contemplación podemos inventarnos un paraíso más bien de no llegar que de ir, tan falto de cronos y de historia, tan alejado del sabor dulce del grito, o del oscuro infortunio de la infamia.
Si buscamos una tropología a esta plástica no dudo en poder encontrarla a gusto y en dosis adecuadas, pero para eso el espectador debe andar con cuidado, no sea que se tope con el filo de un féretro que le transportará por el oceáno sin pagar un duro.
El Malecón, nos dice Rufo Caballero cuando tropieza conmigo, Felipe y Humberto, está hermoso a rabiar con esa turgencia, ese erotismo perenne bajo un sol que raja el alma y no permite rasgar la piedra.
ANASOR ED SEAROM (1976) / ¿QUIÉN ME LLEVA LA CONTRARIA?
Los espectadores tienen todo el derecho de no conformarse con la visión del túnel de la que habla Peter Greeneway. Ellos creen en lo que creen y en nada más, y, por lo tanto, si lo desean amplían cada parte hasta completar una topografía total.
De esta manera, partimos de esta obra como un ejemplo de híbrido de clásico, barroco, surrealismo y posmodernismo. Incluso podríamos añadirle más etiquetas sin desmaquillar el producto final.
Mas las imágenes siguen un hilo o cordón umbilical -el conductor parcial- que horada la carne y nos transmite que no es un objeto, o lo que se ve como objeto, lo que determina a la propia entidad sino ella la que se determina a sí misma, en una muestra de que la mirada no sirve si no es un ejercicio de adivinación (Muñoz Molina).
La brasileña SEAROM es un epígono vuelto del revés, con lo que satisface el misterio, el placer o deleite y el ejercicio de estilo. La pintura al antiguo sabor y perfume también nos cubre ahora con máscaras para que una vez colocadas nos sirvan de épicas ficciones de trotamundos.
Y así llegamos hasta estas piezas de ilusionismo rebosantes de visiones tramposas, en las que la trampa es la persistencia de la no celebración de más sacramentos de lo descifrado, nos basta con llevar lo observado sin saber muy bien donde ubicarlo a modo de depósito sagrado sin funeral.
Llegados al Malecón al anochecer, Felipe nos habla de «Los Pautos», que dice que ayudan a conseguir propósitos, incluso de enmienda, y sin exigir a cambio la condenación del alma. Pues que vengan, le contestamos Humberto y yo, que con nosotros van a tener mucho trabajo y poco ron.
PEPI SÁNCHEZ (1930-2012) / LA ASTUTA DIGNIDAD DEL MENSAJERO
Es casi seguro que la sevillana recientemente desaparecida, PEPI SÁNCHEZ, estuvo siempre al borde de esa catarsis que dicen que se alcanza por medio del arte. Desde luego, ella no relegó los valores estéticos en aras de una realidad inmediata, fue al contrario.
Sus cuentos de los mil días y de las mil noches hacen un entorno de cuando la imaginación era el soplo sagrado, el refugio para incrédulos o crédulos cabizbajos. Sus manantiales visuales, muy oníricos, tienen la contextura de una ligera brisa que pinta luces sobre tierras de no volver. Sus personajes son miembros activos de nuestros deseos y andares.
Bajo la tenue atmósfera hay una ciudad clásica que vuela, se desplaza con todos sus habitantes, no sufren el simulacro del engaño porque nosotros, espectadores, estamos dentro de ella. Y en sus piedras albergamos tatuadas la esperanza de que una fantasía nos salve, nos redima, haga lo imposible para que lo posible sea más probable.

El escondido sueño viene a doblar la arboleda,
a colocar en el espejo que se hunde sin despedirse
múltiples seres de pequeñas miradas tintineantes.
(José Lezama Lima).
RUI MACEDO (1975) / EL ARTE ME ABSOLVERÁ
Pintar conforme a una receptividad que confiera a la simulación un arbitraje entre lo legítimo y lo ilegítimo. Los campos plásticos no deben anularse, deben guiar unos a otros, con lo que la mirada se va acrecentando más ante los puntos de encuentro de lo que ve.
Si hay que celebrar el que arte sea un don que se mantiene vivo, podemos acercarlo desde el pasado, parece sugerir el portugués MACEDO, darle la riqueza de una resignificación, configurarlo desde otros parámetros de un presente que lo ha asumido.
Sin embargo, estas prácticas neohistoricistas y anacronistas son tildadas de simulacros cuando en realidad tengo mis dudas de qué creación en el ámbito estético no guarda un as en el bolsillo y no por ello pierde autenticidad.
El caso es que esta obra recupera la paradoja en la que incurre la renovación solapada, que se ve y se desea, y no se abandona porque le neguemos el azar y la aleatoriedad inoportunas y fracasadas. Su temática es determinante para comprobar que el pasado esté en lo actual y lo pueble.
Hoy le toca pasear por El Malecón a «Los Homones», gigantes pacíficos pero sedientos. A Felipe, a Humberto y a mí nos toca darles la bienvenida y convidarles a ron. La próxima vez traemos aguardiente de leche de mulata para nosotros y ron de alquitrán para los visitantes, porque ya está bien de ayunos de cuaresma.
BERNARDO SALCEDO (1939) / QUE LES DEN CUERDA
¿Qué somos? ¿Nos encontramos dentro de lo ontológico o ya planeamos lo que podría ser la metamorfosis del futuro? ¿O quizá ambas cosas?
Abrimos una puerta, dos puertas, tres puertas, y una nueva metamorfosis nos pilla desprevenidos.Esa es la especulación de una obra como la del colombiano SALCEDO: la de ir detrás de esas transmutaciones como entes que nos ponen un testigo icónico y semántico de nuestra condición.
Nos vemos mutilados, cosificados, ayuntados con máquinas, puros objetos, aunque estemos siguiendo unas tautologías plásticas que siempre nos toman por invitados principales, pues lo de hacernos callar es reivindicación y revancha.
Podemos coger y abrir las maletas, meternos dentro de ellas e irnos, el destino no importa, ya nos situaremos en la dimensión adecuada, o mejor, nos la buscarán y gracias a ello seremos un vaticinio antes del momento del despojo.
«La Pirriría», al pasar por nuestro lado en El Malecón, nos invita a formar parte de su comitiva de difuntos y perros que acompaña a la «Güestia», la procesión de almas en pena de vuelta al cementerio. Esta vez, a Felipe, Humberto y a mí, no nos coge desprevenidos, ya nos habíamos bebido todo el ron.
DAVID MAISEL (1961) / PINTURA FOTOGRÁFICA
Casi nos sentimos viajeros de otras latitudes cuando divisamos desde lo alto estas tierras, que están enriquecidas con tonalidades telúricas que conforman la esencia interna de una superficie pintada.
Dudamos entre lo que es o forma parte de un suelo o terreno, de un territorio o una geografía, y lo que son texturas, tramas pictóricas de un encuentro entre la imagen y su representación. ¿O son ambas cosas?
El norteamericano MAISEL, al igual que otro fotógrafo canadiense, Burtynsky, considera su trabajo fotográfico como una semblanza plástica que enriquece las propiedades y cualidades intrínsecas de la imagen, consiguiendo a través de esta realización una fusión plasmada de estas dos fuentes de las artes visuales.
El resultado de esta sinergia es fértil, las perspectivas descubren la elocuencia de su armonía a pesar de su piel contrastada, y sabemos, porque así nos lo proyectan, que atesoran vivencias que hasta ahora habían sido despreciadas y olvidadas.
Nos visita otro aparecido, «La Pantasma», para contarnos que no ha tenido tiempo de redimir sus pecados y por eso ha sido castigado a deambular por caminos y cerros. ¡Qué siempre den con nosotros cuando estamos en el muro dispuestos a paladear unos buchitos de ron! Otra vez que Felipe, Humberto y yo nos vamos en ayunas y con la lengua colgando.
CLARA GANGUTIA (1952) / INTACTO SECRETO MANSO
Las ciudades son lugares que se asientan en la mente para no perderse nunca, los paisajes también. Y sobre ellos la evocación de los secretos que siempre se confunden en el fondo de nuestras soledades.

Esta artista vasca, GANGUTIA, no quiere deslumbrar con unas meras representaciones que tenga el significado plástico de lo visto; no, su fin es otro, y no trata de esconderlo ni enmascararlo aunque en ocasiones pueda entenderse así. Se trata de envolver la contemplación en su propia física del abandono y del desamparo.

Poética enmarcada en la profundidad cromática que encierra los espacios, nos los hace íntimos porque no podemos huir de ellos, fríos porque nos hemos ausentado y desistido de su angustia, inaccesibles puesto que incluso empiezan a vivir por sí mismos desde nuestra marcha.
Hay miradas que nos delatan ante la evocación de lo posible que se volvió imposible y certezas que nos engañan. Esta obra es sabia en ambas dimensiones, y quizás haya más, algunas que se quedan en ese retrovisor que en la distancia se ha extraviado.
Ni el rostro pregunta
ni el espejo contesta.
En sus fuentes de mármol
el día nace entre dioses menores
y grandes abejas despiertas.
(José Lezama Lima).
ALICIA LEAL (1957) / ¿POR DÓNDE SE ESCAPA EL ENSUEÑO?
A la cubana LEAL no le llegó la sociedad del desencanto, ni el mercado del espectáculo, ni la rutina que quiere ser asombro y que para conseguirlo tritura las fórmulas de la tradición.
Ella, en su obra, señala cómo es su coreografía plástica de huellas de pasos en la arena en los largos días de primavera, y que en su barco, carente de mercancías, no puede ni cargar la luna.
Las imágenes nos remiten a las quimeras, a los sueños despiertos aunque relegados, a los eternos sentimientos de amor, placer, pasión, muerte y lamento por la vida.
En sus recursos e imaginerías, que no eluden los arquetipos clásicos -celebra su redención-, ni los orientales ni las referencias a sus antecedentes isleños, conforma un mundo particular, muy subjetivizado, que bascula entre la ilusión y lo intemporal.
La luminosidad y el cromatismo, como en todo hacer caribeño, saltan del lienzo, envuelven al espectador, interrogan su intimidad y fantasía, alientan su apertura y el impulso de otredad. Vinculan ornamentación y espacios, que son los lugares de los sucesos, de la pintura transfigurada.
No salimos nunca de sustos en este maldito Malecón, comentamos Felipe, Humberto y yo, al ver que los vivos van en el carro fúnebre y los muertos siguen al cortejo.
NATHANIEL MELLORS (1974) / ME CUBRO LAS ESPALDAS
El asombro no solidariza, la angustia tampoco. Contemplar el escenario ahora ya no es lo que era. En la sociedad contemporánea, rebelarse, generar escándalo, desafiar todo lo desafiable ya no es una actividad radical, no hay riesgos de desprecio, incomprensión o marginación. Ahora es el modo más rápido de convertirse en parte del sistema.
Les Levine lo ha dicho: el mundo del arte se ha convertido en una industria que necesita un producto nuevo cada dieciocho meses sólo para estimular el sistema.
No se dan cuenta ustedes, estupefactos espectadores, que el curador soy yo y dicto lo que es arte y lo que no. Marchantes, críticos y filósofos ya no pintan nada -nunca mejor dicho-, únicamente van de portavoces y con permiso.
Y ¿qué hacemos con el inglés MELLORS? Si son nuestros retratos me doy con un canto en los dientes porque salgo muy favorecido, si son alegorías de un inframundo mecanizado, robótico, de quita y pon, de máscaras que no lo son, de rostros que sí lo son, respiro hondo y me contemplo sublime.
Les explico a Humberto y Felipe que es «El Gallu de la Muerte» en nuestro salón del Malecón entre ron y ron. Es un gallo negro con pintas rojas y azules, y una cresta blanca. Nace como un gusano verde de las carnes putrefactas de una pájara negra y blanca que, a su vez, sale de un huevo rojo que ponen los milanos cada cien años y muere a los cincuenta. El que escucha su canto se muere al día siguiente. Cuando acabé, me dieron la espalda y se cagaron en mis muertos.
JACOB KRAMER (18921962) / UNA ORACIÓN PARA CALMAR SU ALMA
- Vamos en fila pero no cabizbajos. En oración para quien quiera vernos así, supervivientes todavía aunque el tiempo se acaba. Con eso no perdemos la plasticidad del exordio que murmuramos. Cuando acabemos seremos simples esfinges.
- Para el ucraniano KRAMER la pintura tiene que estar quieta en ese instante supremo del símbolo de la angustia, de la soledad, de la desolación, pues es su historia, su fe, su destino. Y quizás haya otros misterios, otros horrores que se guarden porque no hay a quien confiarlos.
- En esos personajes, arquetipos de un mismo pueblo, de una misma raza, la convicción es callada, inmóvil, en el silencio de la oración, que a su vez es pensamiento, voz interior que palpita sobre la pintura de la superficie.









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