MIGUEL GALANO (1956)

Las atmósferas y brumas druídicas del norte diluyen las formas, las humedecen y enfrían hasta que se congelan para que podamos advertir en ellas la raíz de una introspección que se dirige desde la piel hacia los huesos.

Para tener esa certeza, El artista asturiano Miguel Galano no ha tenido que atarse a un mástil como Turner para experimentar los efectos de una tormenta, sino que se ha mantenido andando en caminos ciegos para que el relente y el vaho circunscribieran los contornos de un paisaje que se piensa a sí mismo como la ley plástica que rige la melancolía, la soledad, el trabajo y la tristeza de lo que contiene.


Y para tal catarsis él es el instrumento que dota de verdad a lo insondable, al misterio que hay en sí mismo para extraer esas entrañas y que únicamente desea sacar en esos planos de calimas bañados por el mar o por una superficie que transpira gotas de un llanto que en ese territorio no paran de extinguirse.

PELAYO ORTEGA (1956)

Cuando un paisaje está cubierto por la niebla o la bruma parece mucha más sublime, ya que eleva y amplía nuestra imaginación, escribía Friedrich.

El artista asturiano Pelayo Ortega así lo ha concebido, pero no sin transmitirnos la sensación de aislamiento y soledad que una naturaleza imprevisible nos inflige. Además que tampoco nos podemos engañar, también son residuos del tiempo oscuro que vamos dejando, de las retinas que no avisan de los olvidos y remordimientos intencionados que nos sorprenden cuando tratamos de avistar si hay algo que nos sostenga para poder quedarnos o por el contrario dejarnos llevar por una marea experta en extinciones de ánimas aburridas.

Por eso, la obra introduce nuestra mirada hacia dentro en un viaje de remotas y al mismo tiempo cercanas remembranzas, en una recuperación de la visión que después de asomarse más allá, preferimos que nos deje seguir conjeturando lo que la imagen nos propone, esa desmaterialización entre lo onírico y la interrogación inconfesable que nos suscita.

Mi amigo y Humberto y yo estamos vacíos y el Malecón nos obliga a estar llenos. Cogimos de las olas lenguas que no hablan, ojos que han dejado de llorar, bocas cosidas y miembros amputados. Pero nuestro Señor ha decretado que tales adminículos eran rastrojos que no exaltaban su infalibilidad y su sentido de la eternidad por lo que debíamos seguir buscando. Pues no, preferimos el castigo porque ya no se nos ocurrió nada.

HUMBERTO VIÑAS (1963)

Uno puede esconderse en el taller, apagar la luz y confiar enfebrecido en que el color infunda impunemente su rechazo del orden, tanto el de afuera como el adentro.

También puede hacer que la pasta sea lo que desentrañe el furor oculto causado por el dolor solitario que hay en no sentir la claridad y la vida.

O puede añadirse que la impotencia, la frustración o el fracaso hagan su trabajo, extendiendo hacia un lado y hacia otro retazos o retales de un engrudo mezclado y volcado con sus mismos odios.

Y no puede descartarse que de tantas capas como barrotes carcelarios brote lo efímero, lo amorfo y circunstancial como la radiografía inapelable de uno mismo.

Pero caben otras lucubraciones de una biografía que transcurre encerrada en un camarote celda de diez metros cuadrados, como es que la única forma de alumbrarse sea el trazo fingido, malsano, engañoso, que presume de erigirse en dueño de un esclavo.

Todo parece indicar que no hay sueños, que ir a la deriva podría transformar el vacío interior en estratos, cúmulos y cirros, los que trata de entrever o adivinar en esas obras que nunca dejarán de formar parte de un tiempo abocado a jamás cambiar su naturaleza.

En el Malecón han dado orden de retreta y retirada. Mi amigo Humberto y yo nos encaminamos hacia la penumbra susurrando por lo bajo que hay días en que haber nacido con este orfeón repetitivo no te da ni para buscar el ron mulato de mermelada de papaya madura.

WILLIAM DEGOUVE DE NUNCQUES (1867-1935)

Hay momentos en nuestra vida que queremos ocultarnos en campos extenuados por la luz, aquellos que son tan pocos que dejan que se vislumbren sus esqueletos acostumbrados a dar reposo a las inquietudes humanas. En otras ocasiones, son inmensas raíces que enmascaran osamentas, cementerios vivos y desnudos.

El artista simbolista belga Degouve demuestra que lo que le invade tiene la virtud plástica de expresarlo con la angustia del que la sufre y como la visión grávida de lo que proyecta como realidades que fluyen con el desasosiego de la calma, la misma que se detiene en el instante exacto en que la representación es su auténtica pasión.

Hoy, en el Malecón no aparece mi amigo Humberto sino su gestualidad pictórica que es puro devenir de impotencia, de rabia acumulada, de ojos cerrados que impulsan la emulsión hasta salir del marco, como si fuese un río de cieno que ha alcanzado el mar del grito.

JOSÉ LUIS ZUMETA (1939)

  • A este artista vasco, José Luis Zumeta, no le cabe la pintura en donde poder alojarla, es tanta el ansia que por sí misma tiene de abarcar toda su constelación visual que el espacio le queda escaso, insuficiente. Aunque como puede observarse esta carencia no le impide después una racionalización y organización que ofrezca la apariencia de una vorágine artificiosa.
    • La acumulación de imágenes son por sí mismas un relato viviente que definen color, luz y un lugar en el marco de la superficie que a nosotros, espectadores, nos permite tomar nuestro tiempo en descifrar la volubilidad plástica de figuraciones o abstractos figurativos que siembran de proyecciones nuestra mirada.
      • Incluso hasta nos complacería estar dentro del lienzo para formar parte de ese teleológico caos liberador y participar de esa creación que lo fermenta todo mediante una trashumancia cromática que es trasunto del propio pintor.


      • Hoy el Malecón ha ordenado silencio, no quiere oír hablar de desdichas, hambres, resignaciones, ruegos, cárceles, condenados, mudos. El silencio es lo que de verdad le inspira y le hace palpitar la sombría mano del degüello, lista para ensartar pensamientos cerrados y vírgenes. Ni siquiera mi amigo Humberto y yo dejamos que el ron susurrase.

M.K.CIURLONIS (1875-1911)

No se trataba de ser músico o pintor sino de encarnar la música en la pintura. Y en ese empeño el artista lituano Ciurlonis perdió la razón en plena juventud.

Pero antes nos legó una obra que ensayaba registros plásticos en forma de proyecciones etéreas que se ligaban al trasfondo de un pensamiento en permanente ebullición.

Circundaba las ideas con abstracciones pictóricas que autentificaban y configuraban el asalto a unos coloquios existenciales que siempre fueron los espectros compañeros de su vida.

Y hay que reconocer que su trabajo obtuvo el reconocimiento de señalar itinerarios, de ser el antecedente de las tendencias que vendrían inmediatamente después.



Los druidas del norte han olido que éste es territorio de difuntos que no han dejado de moler grano y cantar salmodias de ahora es el momento de que nunca vaya a ser siempre. Y añade mi amigo Humberto, si el Malecón acaba convenciéndolos dejarán de tocar la gaita y se convertirán en ojeadores de pateras con un libro de himnos entre las manos.

GUILLERMO PÉREZ VILLALTA (1948)

El artista español Pérez Villalta excita y ensancha nuestra imaginación mostrándonos laberintos y escenarios que pudieron converger y confluir bañados con esa luz meridional y en el olimpo de ese supuesto mediterráneo que a través de toda su obra volvemos a conocer y recobrar.

Pero también experimentamos como espectadores el efecto de ser prisioneros voluntarios dentro de esas arquitecturas animadas, clásicas y míticas, convertidos en personajes que tienen un destino que sobrellevar a pesar de encontrarse en una realidad ficticia que se hace augurio en cada momento.

Él hace que la pintura se haga representación de otra representación y ésta se localice en tierra de extramuros para evitar que se enarbole como un canon académico, pues en su obra no lo hay ni podrá haberlo porque esa figuración se reinventa constantemente y atiende solamente a una segunda naturaleza y constitución que le sale de sí misma con el fin de que el artista pueda redescubrirse en la arena del tiempo no consumado.

ANTONIO SAURA (1930-1998)

En esta obra del gran artista español Antonio Saura vemos el gesto y el desgarro, la crueldad y la ferocidad, lo negro ominoso como la piel que siempre nos cubre y está presente para que no nos olvidemos de que la ceguera es nuestra inmortalidad.

Las manchas de palidez sobresalen de esa negrura como una forma de vida efímera, brutal, tétrica, que se devora a sí misma porque no es capaz de abarcarse. El pintor exorciza esa maldición expulsándola hacia afuera en un intento de que su visualización plástica reciba en la mirada del espectador un canto infectado de lo resucitado.

Obra para contemplar en crepúsculos mudos con la visión ahogada por los desaparecidos y los ausentes.

Mi amigo Humberto está aquejado de una catarsis que le hace torturar el papel con desafueros sacrílegos. Es un dolor que el isleño cubano revierte en tachaduras empapadas de sudor coloreado. ¿Son deudas a perdonar?

JAMES TURRELL (1943)

  • Atmósferas que aislan y encierran para estar a solas contigo mismo, que te penetran en la vaporosidad e incorporeidad que te envuelve y te rodea a través del azul frío que amortaja. Después viene el descendimiento sin la confesión destruida por el mortal hielo.
    Azul que se aviva o decrece en el interior de una ballena que te da que pensar en tu propia levedad flotante, en ese ser que se disgrega de ti para enfocarte con la irrealidad que muchas veces quieres desear, de la que deseas percibir el acontecimiento inesperado, la aparición extraña que te atraiga y seduzca.

    El norteamericano Turrell es un ilusionista que nos proporciona una caverna platónica en la que las ideas están desterradas y se exaltan las sensaciones y las intromisiones en el yo, un yo que no busca sino que experimenta, palpita y hasta presiente.

    Mi querido Humberto, el poder de tu mano ya no es firme, ya no aguanta los embates de este Malecón que nos tiene hastiados de tanta doctrina vertical. Y los ojos se cierran sin potestad para soñar. La pintura ya tiene el color del sudario con el que culminar estos años de éxtasis vacíos. Aprovéchala.

ÁNGEL FERRANT (1891-1961)

El artista español Ágel Ferrant concebía a la misma velocidad que respiraba, no había forma de pararlo. Todo su trabajo se fundamentaba en el convencimiento de que el recorrido no admitía pausas y de que el método no aceptaba esperas.

Si James McNeill Whistler proclamó que «el límite del arte es infinito», nuestro escultor trataba de hacerlo realidad cada minuto con la creación de obras en las que el secreto de su origen era suyo, no había que buscarlo en otras fuentes. Por eso, las búsquedas eran inacabables e interminables y muchas veces con la insatisfacción de lo extraído, de lo hecho y hasta de lo deshecho.

Fue un precursor que vistió y arropó lo aéreo y volátil con sus propias formas, tejió lo imposible para hacer que mostrara su espíritu, que nos involucrara con las fintas y filigranas de su diálogo etéreo. Nosotros, como espectadores, antes estas sendas e hitos, viajamos, sentimos y pensamos. Que así sea siempre.

Amigo Humberto hoy no vuelan las gaviotas ni nos susurran las mujeres de piel sabrosa. Seguro que es por no haber dibujado tú un alba de sangre púrpura que amamante a tantos descarriados por estos derrumbes de sueños enterrados. Aunque es una deuda que no tendrás que pagar hasta que llegues a la sepultura y convides a ron.