Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Tantas sombras, tantos oscureces, tanta luz atezada, tanta atmósfera negra cubierta de luces apagadas, dan a la obra del británico O´DONOGHUE sensación de una vida en tinieblas.
Una poderosa capacidad plástica se revela en toda su dimensión para que su esoterismo esté en condiciones de preservar un singular espacio de autenticidad.
Esta pintura es deudora de una historia del arte en su concepción y en la trascendencia de una pasión que está por encima de toda redención, que es continuidad y no colofón, que es síntesis entre fuerza, derrota y silencio.
La actividad del arte sobre el arte no deja de ser un trabajo, una forma de acción y contemplación para pasar una vida con un equilibrio de luz y una noche de sosiego hacia la nada.
Los murales, por regla general, siempre han tenido un fin didáctico, de mensaje directo al pueblo, de despertarsu mirada para reencontrarse con la existencia total que lo define.
En los que hizo el burgalés VELA la potencia de ese cosmorama testimonial queda puesto de manifiesto, con ese colosalismo tan mejicano que confiere al hombre una significación atemporal y trascendental.
Clasicismo, cubismo, realismo se entremezclan, con ese gigantismo plano y cargado de imágenes cuyo volumen se acentúa para la creación de unos simulacros históricos, religiosos o arquitectónicos.
Los mecanismos estéticos utilizados por el austríaco REINHOLD quedan a la vista y en la superficie de sus obras, pues el impacto visual busca desesperadamente la penetrabilidad de la mirada.
Con ello deja constancia de una fantasía polícroma que se desenvuelve en todas las direcciones, que lo cubre y desparrama todo como un accidente atmosférico que se hubiese transmutado en un portento visual de la naturaleza.
Simulan ser en principio vegetaciones insólitas hasta que se percibe un fondo de armonía que tiene su propio horizonte en sí mismas, en su propia estructura y dimensión.
Las superficies delatan y denotan, sufren y se entristecen, tratan de ser y estar más allá de aparentar y simular, sus catarsis son metamorfosis que afloran y se desgañitan.
Para el austríaco OMAN los Ecce Homo son cuerpos tan torturados como afligidos o como resurrectos, pese a su estética resonante y carnosa.
Un cromatismo de trazos e incisiones caóticos y ambiciosos en sus obras le imprime a esas epidermis entonaciones visuales que magnifican una condición final de podredumbre.
A mí, ante la obra de Oscar MÁNDEZ LOBO, que actualmente se expone en la Sala Martín Chirino de San Sebastián de los Reyes (Madrid), me ocurre el mismo fenómeno que explica Wollheim, cual es el comprender más de lo quiso expresar el autor, pese a que éste siempre de seguro habría querido significar más de lo que cualquier espectador.
Pero es que es inevitable, puesto que sus texturas, colores, manchas, vertidos, torrentes, matices, tonalidades, repertorios, proclaman pasión, espíritu, vida, sangre y hasta muerte.
Hay que rechazar absolutamente cualquier intento de minimizar esta efusión con etiquetamientos insignificantes, porque su entramado de significados, experiencias y destrezas emplazan a un pensamiento del existir.
Cualquier intento, nos dice Richard Wollheim, de anticipar o prejuzgar la esfera de las propiedades estéticamente significativas es improcedente y está abocado al fracaso.
A lo cual nos conduce el marfileño TURAY con su dominio de los recursos plásticos, su intuición de cómo manejarlos y explorar visualmente sus significados, llegando finalmente a culminarlos en toda su significación cromática.
Dentro de sus obras existen latentes los rasgos vigentes de una cultura, de un continente, de una raza, de una condición humana que sobrevive bajo el clamor de sus antepasados y sus invocaciones rituales.
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