LOS CUERPOS INVICTOS

El artista catalán Eduardo Arranz-Bravo fue suspendido en el Instituto Menéndez y Pelayo de Barcelona porque su profesor estaba convencido de que calcaba los trabajos que presentaba.

La perspicacia del enseñante fue incapaz de creer, al contrario que Arranz-Bravo, que ya tenía la convicción de lo que hacía.

Y esta obra, «Abraçada italiana», solidifica su pasión por el cuerpo humano, que desde la Antigüedad ha centrado la atención del arte como misterio a desentrañar y a expresar en toda su potencialidad.

En esta imagen los distintos elementos que la componen (extremidades, cabezas, etc,.) imponen su orografía, densidad y tamaño de manera anárquica, porque cada uno de ellos reclaman del autor una nueva forma de construirse, de engendrar individualmente otra hechura de hacerse visibles y ostensibles.

El entramado, fruto de esa demanda imposible de rehuir, adquiere un aroma y tintes clásicos en una estructura plástica que en su deformidad plomiza consigue que la configuración tome la consistencia de una carne viva.

Sensualidad gélida que palpita, que es traspasada por una fuerza expansiva que hace del músculo una masa marmórea que abarca todo el cuerpo, que concibe el deseo como el espíritu de la creación.

El huracán ya ha pasado, el malecón sigue dormido y los habitantes continúan en sus refugios contando deseos. Éstos tratan de despertarle para que cuente con ellos. Tarea inútil porque él ha enterrado ya los suyos y ahora únicamente sepulta a los muertos que en vida se les negó todo anhelo.

LA MUERTE BAILA

El gran grabador mejicano José Guadalupe Posada no ritualiza a la muerte según las funestas convenciones al uso sino que a través de sus calaveras o «calacas» nos profetiza otro tiempo y otro mundo, ambos con los mismos signos de vitalidad que dejamos en éste cuando lo abandonamos.

Y lo hace con una penetración y habilidad plásticas insólitas pues el anuncio borra y anula lo tenebroso y lo transforma en la visión de un nuevo orbe que dilapida jolgorio, diversión, baile, parranda, carnaval. Haya o no una intención satírica, también subyace un lenguaje que enaltece y materializa la poesía de una vida sin temor hasta en la muerte. Ésta no nos abandona en un silencio eterno sino que nos hace revivir en inacabables noches de algarabía sonora. Dejamos el llanto y recobramos la alegría. Que así sea.

  • El huracán atrona en una afonía sin espera. El malecón, hoy, defiende su atalaya, pues sin ella dejaría de ser y estar para los que se cobijan en la utopía, para los que no tienen otro asilo, para los que sin ese abrigo no tienen pensamiento, ni libertad ni futuro, para los que carecen de otra guarida y para los que el amparo ha llegado demasiado tarde.

EL CARDENAL

Se ha identificado, en este retrato de Rafael, «Retrato de Cardenal, al cardenal Francesco Alidosi, consejero de confianza de Julio II y comandante del ejército papal, al que llevó a la derrota con los venecianos en 1.511.

Consecuencia de ello fue que Francesco María della Rovere, sobrino del papa y Duque de Urbino, le atacase e hiriese en Rávena y luego fuese rematado por la soldadesca, exclamando antes de morir: «propter peccata mea».

Después de su muerte circuló una leyenda negra sobre él, acusándole de inmoral, avaricioso y cruel. Incluso Giovio manifestó que el retrato, con tal belleza y dignidad, ocultaba la realidad de un espíritu corrupto.

Lo cierto es que Rafael, al abordar este proyecto, olvida al retratado una vez que el pretexto para iniciarlo ya se ha producido. Quiere que la pintura tome su lugar, que alcance su meta, que el prodigio se consume.

Y tan ferviente es su deseo que no hay posibilidad de denegárselo, y poco a poco la figura va alcanzando magnificencia, diafanidad, pureza, hasta llegar a una perfección pavorosa que nunca dejará de tomar asiento en nuestros ojos y en el archivo de nuestra mente.

La interlocución entre espíritu, vida y arte llega a una intersección donde lo contingente por su propia naturaleza desaparece y queda lo que siempre estará vivo y presente.

Mi amigo Humberto me culpa de la dimensión triste de nuestras noches en busca de sentido a una realidad trastocada. Yo sólo tengo que señalarle las divagaciones y anhelos que se refugian en el malecón para dar respuesta a la congoja de un artista en perpetuo debate con la claridad fluida con la que inundar un espacio ebrio de estar perenne y absurdamente vacío.

JOSÉ LUIS FAJARDO

Llegamos a un límite, no podemos traspasarlo y nos desesperamos. Buscamos puertas y salidas pero no las hay, se ha acabado la superficie, el espacio, no encontramos ningún soporte.

Sin embargo, el artista canario José Luis Fajardo ha hallado «maneras», «modos» de descubrir la rendija por la cual llegar a mostrar entre ámbitos oscuros, destellos fantasmales, territorios inhabitables, la semblanza que se confina en un área que domina con su aparición.

Él quiere que la pintura no pierda ni su capacidad ni su alma para captar el misterio, ni su sabia naturaleza para ofrecérnoslo con tan sagaz mirada, que es la que se detiene en la nuestra y nos paraliza con su fulgor calmado.

Después del caos y su frontera de intercambios, de opacas e impenetrables revelaciones, viene una luz transparente que resucita aquello que no puede evocarse, para que así, en ese trasluz, cobre dimensiones vívidas en unos ojos que han decidido no cerrarse para seguir enfocándonos eternamente.

Tiempo de sequía hasta en el malecón, con lo que la angustia de sus habitantes se proclama danzando. Mi amigo Humberto y yo, marchitos por la ceniza que se respira, lo recorremos arriba y abajo a medianoche, en que la carencia de luna hace que el grito de las olas sea más lóbrego.

LIBERACIÓN

Cuando contemplo una obra como ésta de Humberto Viñas, «Música II», éste ya se ha ido de ella. La pesadilla nocturna no es ahora un vacío, una concavidad velada, sino un espíritu que vaga en la noche tocando una música sorda.

Constituye una liberación, un despojamiento, con el que el artista persigue el ofrecer otra oquedad a su cuerpo, otro hueco donde depositar más criaturas que le suplican la suerte de estar vivas.

Ramón Gaya dice que «el gran artista no quiere encerrar cosa alguna, porque sabe que en todo aquello que puede ser apresado ya no está lo que él busca. Por eso una gran obra de arte nunca es una conclusión sino un principio que escapa, que huye, que se libera».

Humberto no es un gran artista porque no tiene idea de cómo serlo ni cómo utilizarlo, ni siquiera le preocupa, pero lo que sí es y hace lo concibe como un arte que se desnuda desde la placidez y la desmemoria de un espejo, o como un tren que al llegar a su destino, de noche, derrama a sus pasajeros sobre el andén de su delirio.

Y entonces se inicia de nuevo ese tránsito en el que el artista media y sabiamente da a luz lo que estaba hundido en la sombra, en su cuerpo de sombra. Y en eso Humberto es un pintor único pues alumbra lo que hasta hoy se ocultaba en una negrura de la que nunca adivinaríamos que está llena de fulgor.

CÁNDIDO MONGE

Ramón Gaya decía que ser creador-pintor es ser vasallo, esclavo del sentimiento pictórico. Pues bien, Cándido Monge, aunque escultor y artista madrileño, es un cautivo del hierro. Esta materia es su estilo y su creencia y deja que señale el rumbo, sea cual sea.

Con el hierro no construye sino que deja que la realidad se asome y la capta en el espacio, y allí la coloca, en toda su crudeza ferruginosa, voluminosa, pesada, tal cual artefactos fértiles que siembran su descendencia hasta ser nuestra sombra, para que a través de su corporeidad nos convoque a su presencia, que se mantiene viva a pesar de su inmovilidad simulada.

En esta obra, plena de confidencias y silencios llenos de palabras, compuesta de dos esfinges, que en ese encuentro de comunicación perpetua, de odio y amor, de indiferencia o soledad mutua, nos emplaza, Monge no ha tenido otro propósito que mostrarnos ese oficio que es la fluidez de la forma cuando ella misma sabe cual es su destino. Y el pulso lo gana porque llega más allá de esa realidad, la sobrepasa para herirnos con ella.

Mi amigo Humberto ha retornado de la Galia pero todavía no ha encontrado el camino antillano, sigue en un risco mediterráneo tratando de avistar el malecón, tal si fuese un Felipe II intentando otear desde las alturas del Escorial la fortaleza de Cartagena de Indias que por los tantos y tantos doblones que le estaba costando tenía que estar rozando el cielo.

Y ahí sigue, en esa escalera montada en el muro, con un anteojo y una botella de ron, convirtiendo lo cercano en lejano y lo remoto en próximo. Mas la penumbra está llegando y entonces quedará ciego de tanto ver.

BALZAC

Hay estatuas que trazan un destino perseguido por su sombra. El Balzac de Rodin es una de ellas pues encarna una vida que contuvo la pasión más férrea por desterrar una realidad que a través de su crueldad, mediocridad, intolerancia e hipocresía, sólo sabía devorarse a sí misma.

Balzac es el gigante de piedra que conoce sus cadenas y sus servidumbres, que son tantas que hasta a él mismo le contagian una fealdad sin misericordia. La piedad simulada ya no encubre el cuerpo de la insidia, del derrumbamiento moral, ni siquiera unos escombros para resguardar un fuego libertario.

Después de tantos días de ausencia me veo perdido en este malecón que nunca cambia a pesar de que nunca es el mismo.

Me dejo llevar por presentimientos que recorren un vacío de almas negras y blancas, de rocas oscuras donde se posan lagartos dormidos e híbridos de libertadores y burundangas.

Sin Humberto, un cubano apócrifo en la Galia, la sustancia pictórica se ha quedado cavilando por donde continuar la aventura, si bien hay un camino empedrado que le señala una huella que bordea la frontera que se levanta en este dique.

Ojalá sea así porque la penumbra en la que vivimos, cuando no ofrece más que silencio, es que quiere anunciarnos más podredumbre, y ya hay tantas que hasta somos incapaces de salir ciegos de ellas.

ANDRÉS PIATEK

Andrés Piatek es un artista argentino que encuentra en el gesto plástico, en su lenguaje, la vía para entender la realidad y la vida.

Cada trazo y mancha, con ese fondo azul y ese negro que se bifurca para construirse como artefacto que delimita fronteras y engulle mundos tachados, son la presencia viva de un organismo que está en ósmosis con nuestro cuerpo, incluso con nuestra identidad.

Debajo de ese furor hallamos semblanzas, síntesis y expresiones que necesariamente buscan y consiguen esa misma encarnadura, la cual es forma palpitante de una creación que no se adultera, que únicamente quiere amalgamarse con nuestra mirada y lo que hay detrás de ella cuando el entendimiento ilumina esa textura con un aliento ilimitado.

Hoy es día de gestos acompasados de despedidas, de adioses para posteriores reencuentros. Y dejo a este malecón habanero por unas cuantas lunas, que ya es hora de que entre él y yo haya una cierta distancia que nos conceda un margen de lo que a mí se me acaba y a él le sobra.

Tendremos que meditar sobre espacios, obras, olas y vivencias, aunque se hayan acabado las profecías que auguraban otras leyendas.

EXORCISMO

Para que el malecón no siga cebándose en mi desgracia, he acudido a Kariempemba y él me ha dicho lo que tenía que hacer.
Fui al cementerio desnudo con una vela encendida en la mano izquierda y un vaso de ron en la derecha, llamé a Lukankasi y con él compartí mi súplica. Después maté a un gato negro y bebí su sangre, luego lo descuarticé, y enterré, a excepción de la cabeza, una parte en una loma, otra en el cementerio y la tercera en el tronco de una ceiba.
La cabeza la llevé por la noche al cementerio y la coloqué en una jícara, en la cual puse pitahaya, maní, ajonjolí, miel, algo de vicaria, vino seco y aguardiente.
Al cabo de los siete días en que estuvo oculta en el camposanto, la saqué y me froté los ojos en la pócima y le pedí a Lukankasi una vista perfecta y mucho poder.
Con ello quedó sellado el pacto y acabarán mis días de fugitivo ciego ante un mar agobiante y perjuro que hacina olas sangrientas a la vera de este malecón habanero. Yo así lo espero, quieto entre una lluvia de penumbra que azota este espigón, el cual ya se ha visto impotente y derrotado ante una invasión de colas de gallo en forma de serpiente.

ESPACIO PARA UN SUEÑO

El artista español Eduardo Naranjo ha suscrito un pacto con el tiempo. Éste le permite que una pátina envuelva toda su pintura, como la de esta obra, «Espacio para un sueño», en una evocación e invocación de un momento mutilado de nuestra existencia, que se amalgama en una, dos o más realidades que mediante esa atmósfera cromática fría, sucia y cochambrosa, escenifican apariciones que brotan de un soplo de muerte.

La irrealidad de lo real, lo fantasmal que encubre la ruina, el fin, la desaparición de lo vivo en un entorno físico a punto de ser arrasado.

Obliga a nuestra mirada, en una rememoración que es también condena, a interrogarse sobre el fundamento de lo vivido y de su designio, sobre como esa pérdida, señalada por la ira de Cronos, se recupera en toda su poesía en la pintura de Naranjo, la cual no escatima sinsabor y belleza.

En el malecón no hay pasado que recuperar, ni futuro que vaticinar y el presente es un espacio que no te admite soñar. Camino hacia arriba y hacia abajo sumido en este destierro nocturno que no me ahorra alucinaciones y espectros. De vez en cuando me cruzo con hembras híbridas y mudas de sonoras extremidades. Son como retratos de la resurrección de la carne en un mundo carente de ella. Es una pena que mi amigo Humberto no esté aquí para inmortalizarlas como luz bajo estas detestables sombras.